“Operación captura del casete” (Una anécdota de la dictadura). (Por Caalf, en «Contraviento»).

Esta es una de esas historias que hoy las contás y te matás de risa, pero en la época me pegué tremendo julepe, por la situación en la que vivíamos de censura y represión total. Te sitúo en la escena: Vichadero, 1981. Unos 1000 habitantes. Un cuartel, fuente de empleo para muchos locales. Y una emisora: «Radio Vichadero, voz y oído de la región», dónde trabajaba…

En la radio éramos el servicio de mensajería de toda la campaña. Teníamos varios informativos donde la principal atracción era la lectura de los telegramas, que eran la única forma de enviarse mensajes instantáneos (o casi) entre la gente de las vastas zonas del área rural. Sin otra forma de comunicación, más que la radio, recordemos que no existía internet, ni WhatsApp, mensajes de texto, ni siquiera el viejo y ya obsoleto teléfono de línea, ese era un servicio imprescindible. Así que era rutinario leer mensajes tipo: «Atención, Doña Rosa: el miércoles a las dos de la tarde le dejo el encargue en la portera del campo. Si algún vecino escucha, favor avisar. Juan». Ese era el nivel de tecnología punta que manejábamos.

Uno de esos breves noticieros se emitía a las 10 de la mañana, con tremenda audiencia, porque nadie sabía en qué momento les podía llegar un mensaje. Esos mensajes se podían dejar en la misma radio, donde se le cobraba por palabra, por eso muchas veces, para ahorrar un peso, se codificaban los mensajes para que no los obligara a pagar mucho. Y resultaban mensajes tales como:  Manuel, Cerrillada, Te espero. Lugar de siempre. Llevá aquello. No faltes. Sonia. Otros mensajes llegaban desde la oficina de ANTEL, donde eran recibidos a través de código Morse, transcriptos, y enviados a la radio.

El caso es que después de ese noticiero, mandábamos una sección «espiritual» que nos llegaba en casetes desde Costa Mesa, California. El protagonista era el Hermano Pablo y su programa «Un mensaje a la conciencia». El tipo era un fenómeno: te metía miedo con el Infierno, con una pasión que casi sentías el olor a azufre por el parlante. Tenía dos obsesiones: que no te quemaras en el fuego eterno del infierno y darle palos al comunismo. El Hermano era tan, pero tan anticomunista, que capaz veía un tomate maduro y ya sospechaba que era un agente de Moscú.

Yo, para no saturarme con tanto apocalipsis, ponía el casete y le bajaba el volumen al mínimo. Lo dejaba ahí, rumiando sus amenazas en un susurro, mientras yo aprovechaba para resetear el cerebro.

Termina el programa, sigo con la música y, de repente, escucho un frenazo que levantó la polvareda de la tierra de la calle Bvar. Artigas, la principal del pueblo. Miro por la ventana y ¡mamita!: ¡un camión militar!, de donde se empiezan a bajar como diez milicos con metralletas, cara de pocos amigos y entran al estudio como si estuvieran buscando a un tupamaro peligroso.
Yo los miraba de reojo, repasando mentalmente mis pecados: «¿Habré dicho mal el precio del ganado? ¿Me habré olvidado de avisarle a Doña Rosa lo de la portera?».
– ¿Quién carajo estuvo hablando de comunismo acá hace un ratito?, me saltó uno con un vozarrón que me despeinó el jopo.
– Ni idea… ¿por? -respondí.
– Porque uno de los muchachos escuchó la palabra “comunismo” en un programa de hace unos minutos.
Ahí me avivé y casi me río.
– «Ahhh… debe ser el Hermano Pablo», les dije.
– ¿Y quién es ese tal Pablo? ¿Es de acá del pueblo?

Les tuve que explicar, con mucha paciencia, que el «peligroso subversivo» era un pastor evangélico que grababa sus mensajes en el desierto de California y que era más de derecha que ellos. No les importó y sin ningún miramiento me confiscaron el «casete subversivo» y se lo llevaron al cuartel para «analizarlo» y que me avisaban qué habían decidido; (jamás me avisaron nada).

El servicio de inteligencia y la escoba

Lo más cómico fue enterarme después de cómo empezó la «Operación Captura del Casete». Resulta que en el cuartel tenían la radio puesta todo el día. Había un soldado que, mientras los jefes dormían la siesta o jugaban al truco, tenía que vigilar que no emitiéramos nada raro. No te olvides que en esa época el régimen era fanático del bricolaje: nos obligaban a rayar los discos de Zitarrosa o Los Olimareños con un clavo, para que no se pudieran reproducir al aire, y si por casualidad una pista no estaba rayada y se emitía se corría el riesgo de que le quitaran la onda al permisionario, pero no solo por eso, sino también para que no hiciéramos copias en casetes que después circulaban clandestinamente de mano en mano, algo típico de esa época, como única forma de escuchar a los “artistas prohibidos” y como forma de rebeldía musical.

El «héroe» de esta historia estaba barriendo el patio del cuartel, con la mente puesta en la hora en que pudiera ir a casa, cuando de repente el Hermano Pablo gritó «¡COMUNISMO!», en medio de una frase donde lo estaba mandando al carajo. El milico, que tenía el oído entrenado para el pánico, tiró la escoba a la mierda… y salió corriendo a avisar: «¡Mi sargento, en la radio dijeron comunismo!».

Imaginate la escena: diez tipos armados hasta los dientes, desplegando un operativo comando, todo porque un soldado con una escoba escuchó, totalmente fuera de contexto, a un pastor californiano que odiaba el comunismo como al diablo. ¡Esa era la inteligencia militar del momento!

Así que sí. En plena dictadura, la radio de un pueblo perdido fue allanada por culpa de un sermón evangélico anticomunista.  Por eso, hoy, tengo la teoría de que el comunismo no entró por la izquierda. Entró por Dios, en casete, desde California… ¡Y por Vichadero!

Y el milico, pobre, si volvió a agarrar la escoba, nunca más barrió tranquilo.


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