Otro altillo, ¡y va de altillos! Nos hemos convencido de que la estrecha, íntima, indisoluble trabazón de la radiofonía con los altillos y sobrados es invencible. Todos nuestros aficionados, salvo una excepción del tres por mil, usan el altillo como complemento directo e insustituible de sus recepciones y transmisiones. —¡Usted también en el altillo! —exclamamos al entrar. —Efectivamente —nos responde Elena—, no puedo sustraerme a la corriente general. Estoy aquí más cerca de la antena…
Sonreímos. Elena sonríe. Nos tiende la mano. Anda de uno a otro lado de la estación procurándonos un asiento. Urgen, a la luz intensa de una lamparilla eléctrica, los tensos conductores que bajan de la antena y se van colgando de unos limpios y redondos aisladores. Entramos definitivamente y nos aposentamos. Elena está en traje de “operador”. Nos mira y torna a decirnos: —Ustedes disculparán… —¿Qué cosa, señor Elena? —preguntamos intrigados. —Que yo les haya metido en este altillo…
Se puede decir que se inició simultáneamente conmigo. Mientras Elena habla, nuestros ojos recorren la estación. Grandes cartas murales marcan la situación de todas las estaciones radiotelegráficas de nuestro planeta. En medio de aquel entrecruzamiento de rayas palpita la onda misteriosa que lleva un saludo o clama un auxilio… —¿Y su antena? —interrogamos.

El gesto de Elena se entristece un poco: —Hasta ayer era un enhiesto mástil que obligaba a sacar la cabeza por el ventanillo tranviario a los pasajeros por Paysandú y Uruguay, para admirar la arrogancia de mi antena. Pero… ¡Siempre los perros! Un vecino atribuyó ciertas rasgaduras de la medianera al efecto del viento en mi mástil, y para verme libre de los vecinales —¡siempre engorrosos y violentos!— desmonté todo y sanseacabó!…
—Era una antena magnífica. No vayan a creer que alabo mi trabajo, le hago justicia. La torre tenía un alto de diez metros y soportaba en su extremo un mástil de seis. La antena propiamente dicha constaba de tres hilos, de un largo de veinticinco metros, espaciados a un metro y medio entre uno de otro y poseía una baja…
—Entonces, ¿no necesita preguntarme si me oye? —No —responde Elena riendo—. Aquí tengo los instrumentos necesarios para que yo lleve la guía exacta del funcionamiento de mi estación. Es claro que a veces suelo preguntar, pero no con la asiduidad que otros lo hacen.
—¿Piensa mejorar aún más esto? —¡Sí! Y más todavía después de cuanto me ha ocurrido con la antena. Tengo que igualar, por lo menos, las condiciones de antes… A este efecto pienso conseguir una toma en tierra de menor resistencia y mejorar en lo que pueda, previo un buen ajuste, las condiciones del receptor y transmisor.
—¿Ha ensayado con éxito la retransmisión de estaciones de “broadcasting” y aficionados? —Es verdad —nos dice—. Aprovechando las condiciones de selectividad de este aparato, nos señala una “Radiola Superheterodyne” que efectuó a título de ensayo varias retransmisiones de estaciones argentinas y de aficionados locales.
—¿Sus “records” de alcance y recepción? —De alcance, hasta San Juan (Rep. Argentina), unos 1.200 kilómetros. Pampa Central, cerca de 900…
—¿Y qué cree usted, señor Elena, que sea menester para el mejor desarrollo del radio en nuestro país? —En primer término, el apoyo de los poderes públicos. Apoyo constante en el sentido de difundir cultura valiéndose para ello de la radiotelefonía, y en otro sentido (principalísimo para nosotros, los aficionados experimentales) crear un instituto donde se puedan experimentar los diversos aspectos de este notable invento. Dar becas a los mejores y más estudiosos aficionados para que cursen estudios en Estados Unidos, ya que aquí es imposible hacerlo.
En recepción he oído “broadcastings” de Estados Unidos. Las estaciones argentinas las oigo con altoparlante. Vean… Es decir, oigan: Y Elena sintoniza “Radio Cultura” que sale venciendo fácilmente a la transmisión que en esos momentos efectúa la “General Electric”.
Para ello es necesario que los hombres de actuación destacada en la Administración Pública se compenetren de la utilidad y valor de las radiocomunicaciones. Creo que en ese sentido el campo de acción es vasto y complejo.
Nos despedimos. Antes, obtenemos una fotografía de la antena desmantelada. Podrán nuestros lectores apreciar la laboriosidad e inteligencia del autor de esa torre. El señor Elena nos facilita un circuito del transmisor. Salimos a la calle y contemplamos el vacío que, sobre la azotea, han dejado las torres de aquella inmensa antena que ahora yacen en el patio, desarmadas y como inconsolables en su derrota…
La R5 es, entre las estaciones de su poder, una de las que puede ponerse a la cabeza. Puede el señor Elena estar satisfecho de su estación y los aficionados orgullosos del progreso alcanzado por ella.
Reóstato.
En los años fundacionales de la radio uruguaya la distinción entre radioaficionado y «broadcaster» era casi inexistente.
Elena operó con la señal de llamada R5 (en una época previa a la asignación internacional del prefijo CX para Uruguay).Elena operaba bajo la emblemática señal de llamada R5, convirtiéndose en un pilar del Montevideo Radio Club desde 1924 junto a figuras como Claudio Sapelli y Sebastián Paradizábal. Su destreza técnica era tal que funcionó como un nexo vital entre la vanguardia tecnológica mundial y el Río de la Plata, facilitando la llegada de equipos de última generación a través de la representación de General Electric.
Sin embargo, su visión trascendía los cables y las válvulas, pues comprendió antes que nadie que la radio era, ante todo, una herramienta de comunicación humana. Su huella quedó marcada profundamente en los cimientos de Radio Sud América, la emisora que más tarde se transformaría en la histórica CX 14 El Espectador. Quizás su momento más icónico ocurrió en 1930, cuando junto a Ignacio Domínguez Riera le puso voz a la emoción de todo un país desde los micrófonos de CX 6 SODRE, protagonizando la primera transmisión de un Mundial de Fútbol en la historia.


























