
El señor Dall’Orto nos ofrece un casco telefónico en tanto que él se coloca otro. Nosotros aguardamos la audición que va a ofrecernos.
—Este aparato, —nos dice el señor Dall’Orto, mientras gira suavemente el dial del condensador,— me ha dado grandes satisfacciones… He podido alcanzar distancias apreciables al comunicarme con el doctor Gaete, de San Javier, (Chile) y con el señor Marey de Tucumán.
En eso el silbido de una onda detiene la charla del señor Dall’Orto. Escuchamos. Aumenta el silbido. De improviso, una música alegre nos inunda los oídos. El señor Dall’Orto sonríe complacido.
—Es la estación L. O. Z. de Monte Grande…
Enseguida vuelve a girar el dial de su condensador y a achicar o agrandar la recepción de onda. Otro silbido se hace en los auriculares poderosos.
—Esta es la estación L. O. X. de la «Radio Cultura» —añade el señor Dall’Orto, mientras un rítmico «shimmy» alegra nuestros tímpanos.
Se va la música. Silba la onda. Se oye una voz ronca que dice: «Atención». Dall’Orto nos dice:
—¿Conocen esa voz, verdad? Es la de Aldo Rossi, el «speaker» de la Radio Cultura, va a dar la hora oficial. En eso suenan diez campanadas. En seguida la alegría de un carrillón. Después, lentas, graves, voluminosas van cayendo las otras campanadas anunciando las veintidós horas de Buenos Aires.
Sigue Dall’Orto buscando estaciones. Oímos de pasada a Radio Paradizábal que transmite la opereta de Urquiza, oímos la telegrafía de varios vapores, la dársena norte de Buenos Aires, las palabras dispersas de algunos aficionados argentinos y la voz nítida, potente de la «Uno Tres Seis» de Montevideo que llama a la «Cinco Nueve» de Carvalho para comunicarle que le transmite con una sola válvula y con una placa que deja transportar el filamento. El señor Carvalho no contesta. Aquello es un kaleidoscopio (permítasenos la palabra) de sonidos. Unas milésimas de estaciones van entrando en el aparato selectivo del señor Dall’Orto.
Estamos en un vasto salón de laboratorio. Sobre las mesas empotradas a las paredes, toda la profusión de herramientas y mil artefactos de electrotécnica. En las paredes, gruesos aisladores relucen, números. Delante de nuestro aparato hay una grata alfombrita que nos pone en los pies la caricia de su tibieza.
Vuelva a comenzar la música. Dall’Orto a sonreírnos con su sonrisa franca, amiga, satisfecha, cordial. Dejamos el casco telefónico. Dall’Orto nos va mostrando los aparatos que su afición le obligó a construir. Ingeniosos mecanismos de cambio para su transmisor y receptor destacan sobre el muro liso del laboratorio.

El señor Dall’Orto se acerca a su transmisor —premiado en un concurso de aparatos con un primer premio— lo levanta, lo tapa y nos muestra su cuidado y prolijo interior.
—Aquí tienen mi caballo de batalla… 10 watts en telefonía o telegrafía con ondas moduladas. La energía para funcionar este transmisor se toma de la corriente del alumbrado, 220 volt., corriente alternada, que se eleva a 1100 volts que, rectificada da unos 500 en corriente continua para las placas de las válvulas osciladoras, cuyo filamento es alimentado con 7 ½ volts, corriente alternada para las rectificadoras Kenotrón U. V. 216 y las osciladoras U. V. 202.
He comunicado con él, además de las estaciones indicadas, con infinidad de aficionados uruguayos y argentinos. Para citar las más destacadas de la otra orilla, podría citarles a Braggio, de Bernal, Orfila de Ayacucho y Apathie de Chascomús…
—¿Y su antena? —interrogamos. —Mi antena —nos contesta Dall’Orto— es un cilindro de cinco hilos de 43 cm de diámetro, de 12 metros de largo a una de 20 metros sobre el nivel del suelo y 14 sobre este edificio, tiene un contrapeso de cinco hilos separados a un metro…
Se hace una pausa. Los auriculares abandonados sobre la mesa siguen sonando una música alegre. Marca un reloj los minutos con unos «tac, tac» lentos y graves. Dall’Orto toma los auriculares y al tiempo de encasquetarlos nos dice:
—Yo he tenido la gloria de ser el primero en atravesar el «charco»; una vez con telegrafía y ahora, cuando me comuniqué con Braggio, en telefonía…
Y eso que nos ha dicho el señor Dall’Orto ha sido dicho con un tono de sincera alegría, de satisfacción por parte de quien ve coronados por el éxito todos sus desvelos de catorce años consecutivos…
Volvemos a oír música, telegrafía, conversaciones. Todo ello por turno, sin que unas afecten a las otras. Como si el aparato receptor de Dall’Orto estuviera lleno de cajoncitos en donde se guardan estas conversaciones, esta telegrafía y estas músicas y fueran saliendo a medida que el condensador va abriendo los cajoncitos.
Nosotros estamos plenamente satisfechos. Así lo manifestamos. Entonces, Dall’Orto se torna locuaz. Nos habla del futuro de la radiofonía. Y entre risas nos confiesa que hace poco dio por radio una conferencia sobre ese discutido tópico.
Sí —añade— podemos esperar mucho, mucho, muchísimo del radio… Pero no es menester que entre en esas suposiciones la dosis de fantasía que ponen algunos. Creo que dentro de treinta, de cuarenta años nos comunicaremos directamente con cualquier amigo por distante que de nosotros esté. Pero de ahí a afirmar que la radio matará al teléfono con hilos hay una distancia enorme… Siempre subsistirá éste.
Lo que ocurrirá es que al teléfono con hilos quedará relegado a realizar «trabajos» de menor importancia. Uno no implica la desaparición del otro. Le prestará su ayuda, una ayuda similar a la que a los grandes transatlánticos prestan en los puertos los pequeños remolcadores…
Por otra parte —añade elocuente riendo— no creo que veamos nosotros un pedido de un litro de kerosene hecho por radio al almacenero de la esquina…
Las veintitrés suenan en un reloj. Iniciamos nuestra retirada. Salimos a un «hall» amable, lleno de panzudos silloncitos de piel con almohadones verdes de este simpático «hall» que íbamos a hablar al comienzo de esta crónica. El señor Dall’Orto nos acompaña hasta el recio portón de entrada. Allí se despide de nosotros. El señor Dall’Orto es exquisitamente cortés. Echamos a andar.
Al llegar a 8 de Octubre, por donde ha de pasar nuestro tranvía, se nos antoja que la antena enorme de la «General Electric» remeda un gigantesco varita que dirige el maravilloso tráfico de ondas en medio del silencio divino de la noche. Pasó un tranvía hacia el centro y lo tomamos…
Reóstato.
























Según la 


