Hace un calor terrible. Por entre la capota y la portezuela entran los dientes del sol a mordernos las manos y las piernas. El motor nos envía, de vez en cuando una oleada de calor insoportable.
Colombo tiene la manía de no sonar la bocina en las bocacalles; y aquí vamos, esquivando “proyectos de colisiones” y “antiproyectos de catástrofes”, a más de 45 por hora, en plena calle Sierra.
El asfalto tiene intenciones de derretirse. El sol lo enloquece y a ras del suelo hay una nerviosa neblina caliginosa.
Al llegar a la calle Miguelete, Colombo salva milagrosamente un choque.
Nos da risa la maniobra; y ya en arcadas deshechas, Colombo enfila su máquina endiablada por aquel otro pedazo de la calle Sierra. Y, como si el movimiento estuviera afuera, pasan Yatay, San Martín, Millán, calles desconocidas… Nos hemos apartado del camino. Indagamos. Una mujer que barre una vereda nos lo indica al fin. Partimos.
El 140, sobre el recio portón de acceso a la calle Larrañaga, destaca negro sobre blanco.
Descendemos. Tímidamente, pretendemos sonar la campaña. La quinta reposa en plenitud de reposo arrullada por los píos de una muchedumbre de pájaros, El sol juega a la mancha con el oro dorado de la luz que filtra por entre las hojas.
El fresco chorro de una bomba de riego cae deshilachado sobre el césped esponjado de alegría. El hombre de la manga de riego nos grita que llamemos con más energía. Así lo hacemos. En lo hondo resuena la voz melancólica de una campana en perenne negativa.
¿Por qué dirá que no ésta campanita?
Desde el portón distinguimos las antenas del señor Legrand, Una, soberbia, sobre la casa, otra, de un solo hilo, va a sostenerse en una columna aislada en medio del campo.
Aparece una criada. Avanzamos. Preguntamos por don Enrique Legrand.
La criada se aleja y enseguida, levantando una cortina que refresca una entrada, nos hace la señal para que pasemos.
Una sensación de fresco y bienestar dentro del «hall» severo, A la derecha, un salón; en el salón, la elegancia de un piano abierto. En el “hall”, un órgano.
Plantado ante el órgano, sonriéndonos, la figura inconfundible de don Enrique Legrand. Presentaciones. Amabilidades. Invitación para pasar al despacho. Este es el despacho de don Enrique Legrand. Un lindo escritorio, un cómodo sillón, profusión de libros. Muchos libros. Mapas, cuadros, pergaminos, reliquias, curiosidades valiosas.
Don Enrique Legrand nos mira sonriendo.
—Aquí está mi estación radiotelefónica… ¡Qué “bochinche” de cosas! ¿Verdad? — nos dice. —
Don Enrique Legrand exagera.
Esto no es confusión; esto es el laboratorio experimental de un hombre de estudio; y todo lo demás, — libros, pergaminos, retratos, medallas, reliquias, mapas —, el tesoro de un intelectual. Don Enrique Legrand es un fino y cultivado espíritu. — Don Enrique Legrand tiene -un graficismo especial para los relatos. Nos explica cómo ha hecho para que su hija — aficionada a la fotografía — retratara la estación; nos relata como uno de los “kenotrón” no le es simpático al resto de su instalación radiotelefónica y como, sí lo aplica, se “enoja” la instalación y comienza a manifestar su desagrado con aullidos inacabables. Don Enrique Legrand no se explica bien cómo puede distinguir el aparato una lámpara de otra siendo todas iguales. Y para dar una explicación a todo esto, el señor Legrand ha forjado la teoría del “enojo” del aparato.
Nos muestra un mapa y se duele que “los ratones le hayan devorado provincias enteras”. Nos sonreímos.
Pasamos a ver de cerca la estación. La transmisora reposa sobre una estantería de biblioteca abierta. Rodeado por los libros, luce el aparato, el orgullo de sus ocho lámparas.
Sobre una mesita inmediata, el micrófono, un receptor “Grebe”, un altoparlante y un manipulador telegráfico. Eso es todo.
El señor Legrand es un ameno conversador. Tiene el don de saber entretener a los que escuchan. Es, además, un trabajador tesonero y eficaz. El señor Legrand es un tremendo propagandista del esperanto. Dicta por radio y en liceos las clases de la lengua internacional.
A las 17 comienza el señor Legrand sus enseñanzas y sus conversaciones dedicadas a los aficionados del interior. Nos muestra el señor Legrand varios telegramas recibidos últimamente, telegramas que prueban la eficacia de sus transmisores.
El señor Legrand nos muestra el funcionamiento de la estación. Enciende las lámparas del receptor y oímos a varios aficionados y una música lejana.
De repente, un trueno nos lleva la música, y las voces que sonaban en el alto parlante.
Es la “artillería” del Cerrito que “bombardea” la estación “Larrañaga”.
Todo cuanto se pueda imaginar, es poco. El Cerrito barre las audiciones del señor Legrand. Es algo indescriptible el poder de los puntos y las rayas de la CWA en el
receptor del señor Legrand.
«Malgré tout» [a pesar de todo] charlamos con Sibils, con Paperán, con Barreto. Y además nos quedamos oyendo música dispersa y lejana.
Dentro de la casa suena alegremente un piano.
—Ese es mi otro «Cerrito» — comenta el señor Legrand en alusión al piano.
Se ha hecho tarde. Salimos. En el “hall” están, — jugando al ajedrez— dos hijos del señor Legrand. Además, está el señor Moscatelli, aficionado y competente técnico radiotelefónico. El señor Legrand hace las presentaciones.
El señor Santiago Legrand es un jugador de ajedrez formidable. Nos invita para una partida de cinco minutos. Aceptamos y perdemos por jaque-mate.
El señor Santiago Legrand juega velozmente. Vence a los mejores jugadores uruguayos.
El doctor Vaz Ferreira ha dicho de él que es un “genioide”
Nos despedimos. Afuera hay un atardecer magnífico. La quinta del señor Legrand es una espléndida posesión.
Montamos en el auto. Colombo hace una maniobra, y el coche se precipita como un ciclón, por la avenida General San Martín…
Son las 19 y 40 minutos.
Reóstato.
El seudónimo “Reóstato”, utilizado en notas sobre radiotelefonía en la revista «Mundo Uruguayo», pertenece al periodista y pionero de la radio Ignacio Domínguez Riera.
Domínguez Riera fue una figura muy activa en los comienzos de la radiotelefonía en Uruguay (décadas de 1920–30), y utilizó ese seudónimo —claramente tomado del término técnico “reóstato”, muy propio del lenguaje eléctrico de la época— para firmar artículos de divulgación técnica y comentarios sobre el naciente mundo de la radio.
Este tipo de seudónimos “técnicos” era bastante habitual en publicaciones especializadas o semi-especializadas, especialmente en un contexto donde la radio aún estaba fuertemente ligada a la experimentación amateur y a la electrotecnia.
Enrique Legrand (Montevideo, 12 de agosto de 1861 – 1936) fue un ingeniero, matemático, astrónomo y pionero de la radioafición en Uruguay. Educado en Francia, representó el perfil del intelectual científico aficionado de la burguesía uruguaya de fines del siglo XIX y principios del XX.
Contribuciones en astronomía
Se destacó como el principal pionero de la astronomía uruguaya. Fue el primer catedrático de Cosmografía en la Sección de Enseñanza Secundaria de la Universidad. Participó en observaciones del tránsito de Venus de 1882 y presentó proyectos para crear un observatorio astronómico nacional. Junto a su esposa Enriqueta Lasserre, instaló un observatorio privado equipado con un telescopio refractor Carl Zeiss de 20 cm. Publicó numerosos trabajos científicos (22 en total), entre ellos «El Sol», «Loi du rayonnement thermique solaire» y el libro Divagaciones filosóficas (1906). En 1898 inventó los Prismas Reiteradores, un dispositivo que mejoraba la precisión del sextante en navegación.
Pionero de la radioafición.
Legrand fue uno de los primeros radioaficionados del país. Operaba con la señal Radio Larrañaga, luego fue 1AP. Fue presidente del Montevideo Radio Club (segunda asociación de radioaficionados creada en Uruguay) y formó parte de su primera directiva.
En 1925 representó a Uruguay como delegado en el Primer Congreso Internacional de Radioaficionados celebrado en París, donde se fundó la Unión Internacional de Radioaficionados (IARU) el 18 de abril. Ese evento dio origen al Día Mundial del Radioaficionado, que se conmemora cada año en esa fecha. Legrand envió informes detallados sobre las resoluciones del congreso.
Reconocimientos
Su imagen aparece en una estampilla postal emitida por el Correo Uruguayo, siendo el único radioaficionado uruguayo homenajeado de esta forma en una emisión filatélica. Una avenida en el barrio Malvín de Montevideo lleva su nombre en su honor.
Enrique Legrand encarna la figura del científico polifacético: combinó observación astronómica, innovación técnica, enseñanza y pasión por las comunicaciones inalámbricas en una época en que Uruguay desarrollaba sus instituciones científicas y tecnológicas. Falleció en 1936, dejando un legado destacado tanto en astronomía como en los orígenes de la radioafición nacional e internacional.


El receptor AR-1300, fue fabricado para RCA por General Electric. Podía usarse como un receptor de cristal (no necesitaba alimentación de corriente externa) o como un sintonizador regenerativo junto con el amplificador detector AR-1400.

















