La edad inalámbrica. (Viñeta humorística, «Mundo Uruguayo», Nº 301, octubre 16 de 1924).

Esta viñeta es otra de las joyas del humor gráfico de esta columna «A reír tocan» en la vieja revista «Mundo Uruguayo».

Ella captura perfectamente ese vértigo que siente una sociedad cuando una tecnología realmente disruptiva —en este caso, la radio y la telegrafía sin hilos— empieza a colonizar el imaginario colectivo.

El dibujante utiliza la técnica del absurdo para llevar una premisa técnica al terreno de lo ridículo: si la ciencia ha logrado que las palabras viajen por el aire sin cables, ¿por qué no aplicar esa misma «magia» a todo lo que nos estorba en la vida cotidiana?

Sátira, pues sobre la fe ciega en el progreso. La ingenuidad de creer que el avance tecnológico puede anular las leyes de la física.

Esa ropa tendida que flota sin sogas, o un arpa que suena sin cuerdas,  es una burla de una mentalidad tan humana de pensar que una nueva solución va a resolver problemas de dominios que no le corresponden.

La obsesión con la «novedad» hasta el punto de perder el sentido común; el hombre que está intentando clavar un cuadro con un «clavo inalámbrico» es la imagen perfecta de esa desconexión con la realidad material.

Hay también una capa de humor lingüístico muy fina, especialmente en el juego de palabras con el perro. Al transformar a un Wire-haired Terrier (un terrier de pelo de alambre) en un «Wireless» (inalámbrico), el autor baja la tecnología de su pedestal científico y la mete en la cotidianeidad más absoluta, incluso en la biología. Es una forma de decir que la modernidad, en su afán de simplificar, a veces amenaza con quitarle la esencia a las cosas.

Al final, el texto que acompaña la imagen corona la intención irónica. Al imitar el lenguaje pomposo y optimista de la prensa de la época, que prometía una utopía donde la ciencia nos liberaría de toda carga, el dibujante nos devuelve a la tierra.

Nos recuerda que, por más que la información vuele por el éter, seguimos viviendo en un mundo de objetos que necesitan sostén, de músicos que necesitan cuerdas y de pescadores que necesitan, por puro realismo, sentir el tirón de la línea. Es una crítica a la desmaterialización de la vida que, curiosamente, hoy nos suena más vigente que nunca.

 

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