En la portada de la revista francesa Le Petit Inventeur, publicada por Albin Michel en París a mediados del siglo XX, se publicó una ilustración que resume a la perfección el espíritu de la época: la fe en el progreso tecnológico y la imaginación desbordante sobre cómo sería la vida moderna.
La escena muestra a un hombre sentado en un sillón de mimbre, con auriculares y micrófono, frente a una pantalla donde aparecen una mujer y un niño. El aparato está descrito con componentes como “Tubes de Néon”, “Moteur de Synchronisme” y “Courant”, intentando dar un aire de verosimilitud científica a lo que, en realidad, era un sueño futurista: el videoteléfono.
Este tipo de ilustraciones no eran simples fantasías. Reflejaban la convicción de que la ciencia pronto permitiría ver y escuchar a alguien a distancia, como si estuviera presente en la misma habitación. En un tiempo en que la radio y el cine eran tecnologías recientes y fascinantes, imaginar la transmisión simultánea de imagen y sonido era un paso lógico… aunque todavía lejano.
La historia nos muestra que esa visión no estaba tan desencaminada:
- En 1927, AT&T realizó la primera demostración experimental de un videoteléfono.

El transmisor utilizado por Bell Labs para las demostraciones de televisión de 1927 en Estados Unidos. (²)
- En 1964, Bell Labs presentó el “Picturephone” en la Feria Mundial de Nueva York.

PicturePhone, el primer teléfono con videollamadas que se comercializó en 1970 y fracasó por sus tarifas AT&AT invirtió alrededor de 500 millones de dólares de entonces en el desarrollo, pero terminó por abandonarlo en 1974 (Fuente: La Razón, Buenos Aires, Argentina)
Décadas más tarde, con la expansión de Internet y los smartphones, la videollamada se convirtió en parte cotidiana de nuestras vidas.
Joseph Glanvill, en 1661 sugirió que los viajes de la Luna y la comunicación usando “ondas magnéticas” podrían ser un hecho:
Llegará el momento, y eso pronto, cuando, haciendo uso de las ondas magnéticas que permean el éter que sur alrededor de nuestro mundo, nos comunicaremos con las Antipodas”.

The Vanity of Dogmatizing. (Título completo: The Vanity of Dogmatizing, or Confidence in Opinions Manifested in a Discourse of the Shortness and Uncertainty of our Knowledge). Edición original: Londres, 1661. El libro termina con un epílogo titulado Plus Ultra, donde Glanvill especula sobre descubrimientos futuros. Allí se encuentra el pasaje sobre las “magnetick waves” y la comunicación con los Antípodas.
Lo que Le Petit Inventeur ofrecía a sus lectores era más que entretenimiento: era una ventana hacia un futuro posible, un ejercicio de imaginación que alimentaba la curiosidad y la confianza en la ciencia. Hoy, al mirar este facsímil, podemos reconocer cómo la cultura popular anticipaba —con ingenuidad y entusiasmo— tecnologías que terminarían transformando la comunicación global.

