Uruguay se encuentra entre los primeros países del mundo que han utilizado el invento del italiano Antonio Meucci, erróneamente atribuído por décadas al norteamericano Alexander Graham Bell.
Tres años después de haber sido inventado el teléfono, un 16 de febrero de 1878 en Uruguay se realizaba la primera llamada telefónica. (¹). Consistió en una llamada entre Montevideo y Canelones, sobre redes de la Compañía Telegráfica Platino Brazilian, apenas un mes y medio después que empezara a operar en EE UU la primera compañía telefónica comercial del mundo, en New Haven. (²) (ver aportes de un lector en comentarios, al pie de esta entrada).
No hay datos fehacientes comprobados de cuando se hizo la primera comunicación telefónica en Uruguay, sí que la primera comunicación telefónica entre Buenos Aires y Montevideo fue en 1889 y se utilizó el cable telegráfico colocado en 1866.
Benjamin D. Manton
En los meses siguientes, se instaló una central telegráfico telefónica en la residencia del Presidente de la República, que se conectaba con Canelones-Paysandú y Salto, y en Montevideo con jefes del Gobierno.
En el correr de 1882, empezó a operar en la capital, la primera compañía telefónica para servicio público, por concesión otorgada en 1880 a don Benjamín Dyer Manton, cónsul de EE UU en Colonia: la «River Plate Telephone and Electric Light» con teléfonos Gower-Bell. Una central se instaló en el edificio la Bolsa de Valores de Montevideo.
Ya desde esta primera concesión, tomó intervención la Junta Económica Administrativa, que se ratificaría en 1890, y se institucionalizaría en la Ley Orgánica de 1903. (Artículo 12, Inc. 13). (²)
Históricamente, pues, la explotación los servicios de telecomunicaciones en Uruguay estuvo a cargo de varias empresas privadas.
Foto: Science Museum/Science & Society Picture Library
Funcionaron en forma paralela, la compañía inglesa «Gower Bell», nombre de uso popular de «The River Plate Telephone and Electric Light Company» y la «Compañía Telefónica La Uruguaya S.A.»
En 1882, La «Compañía Telefónica de Montevideo Ltda.», conocida comúnmente como «Montelco», integrada con capitales ingleses, compró los derechos e instalaciones de las dos anteriores adquiriendo sus derechos e instalaciones funcionando en Montevideo, y en competencia con la Sociedad Cooperativa Telefónica Nacional. Sus oficinas estaban en Rincón 620, de la capital uruguaya. (³)
En 1892, Marcelino Díaz, pionero de la industria eléctrica en el país, intento emprender la construcción de canalizaciones para haces de cables telefónicos subterráneos, que sustituyeron a los tendidos aéreos, que tanto preocuparon desde el principio a las juntas económico-administrativas que debían autorizarlos y los reglamentaban, muy estrictamente. (²)
1918. En Uruguay la telefonía manual se expande en el interior del país. En la foto se muestra el puesto telefónico de la localidad de Marmarajá (en el Departamento de Lavalleja). A la derecha, el Sr. Anacleto Ferraresso (propietario de los campos aledaños a la ubicación de la cabina telefónica), se encuentra operando el panel de conexiones. La foto fue cedida por los familiares descendientes del Sr. Anacleto Ferraresso. (Foto gentileza: Dr. Ing. José Joskowicz, Instituto de Ingeniería Eléctrica, Facultad de Ingeniería, Universidad de la República, Montevideo, Uruguay)
Es interesante destacar que un conflicto laboral surgido en la década del 20 en la «Compañía Telefónica de Montevideo Ltda.» dió lugar a una nueva legislación sobre el Derecho de Huelga en los Empleados Públicos, por la ley 7.514 de 5 de octubre de 1922. Sus disposiciones fijaron el sueldo mínimo de diversas categorías de los empleados de la empresa, «y establecieron dos obligaciones a cargo de ésta: reinstalar al personal huelguista y abonar los salarios perdidos durante la huelga. El cumplimiento de estas disposiciones por parte de la empresa concesionaria constituye condición necesaria para seguir funcionando como tal».
En efecto, la Ley 7.514, en su art. 1º rezaba: “La Compañía Telefónica de Montevideo para seguir funcionando en uso de la autorización precaria y con carácter provisorio […] deberá abonar a sus operarias telefonistas […] el sueldo mínimo de $50 mensuales […] Igualmente quedará obligada a reponer en su puesto a todo el personal a su servicio antes de la iniciación de la huelga actual”.
Según el art. 2, “abonará, además, al personal en huelga el sueldo correspondiente a los días que haya estado sin trabajo”. Al mes siguiente, el Poder Ejecutivo debió dictar una resolución interpretando estas disposiciones, señalando que “de la letra de la ley citada se desprende que los beneficios alcanzan a todo el personal existente al momento de declararse en huelga […]” (resolución del Consejo Nacional de Administración de 24 de noviembre de 1922). (4)
En nuestra colección, se encuentra esta tarjeta de Registro de Personal, del año 1928. Refiere a una empleada operadora, española de nacimiento, que ingresó en 1913 y que fue distituida destituída. Llaman la atención los apartados «sabe leer» y «recomendado por».
En 1933, hace 80 años, se instalaron en Uruguay las primeras centrales telefónicas públicas automáticas.
El diario “El Día”, del 26 de febrero de 1933 comentaba:
“Lo que se va: Maraña de hilos de alambre, que al menor soplo de viento se enredan, haciendo más inútil todavía el destino supuesto de establecer comunicaciones; altos palos amenazantes de desplomarse, que afean además el panorama de la ciudad; tortura de timbres y confusiones en el diablado aparato que traidoramente llama donde no se le requirió; riesgo y fealdad. Inutilidad…”
“Lo que viene: Sencillez automática en las comunicaciones telefónicas; eliminación de intermediarios que hacen confusos los pedidos, y los interrumpen a destiempo; comunicación directa; sobriedad, práctica. Progreso…”(³)
Alec Templeton (4 julio, 1910/marzo 28, 1963) fue un pianista y compositor nacido en Cardiff, Gales. Invidente de nacimiento, estudió en la Royal Academy of Music, de Londres.
En 1936, emigró a los Estados Unidos de América e integró la Banda de Jazz de Jack Hylton, en la que tocó con un número de orquestas y brindó sus primeras actuaciones en radio en elThe Rudy Vallée Show, The Chase and Sanborn Hour, Kraft Music Hall y The Magic Key of RCA.
Sus primeras grabaciones fueron hechas para «The Gramophone Shop Inc.» de Nueva York en 1936.
En 1939, firmó contrato con la RCA Victor, con la que grabó una serie de divertimentos satíricos, entre los cuales se encuentra «Man with new radio».
De 1939 a 1941 y en 1943 y de 1946 a 1947, se irradió el programa Alec Templeton Time, (también conocido como The Alec Templeton Show) con el patrocinio comercial de Alka-Seltzer.Memorizaba los libretos haciéndose leer los mismos 20 veces.
Intervino en la televisión estadounidense desde junio a agosto de 1955, con su show It’s Alec Templeton Time a través de la DuMont Television Network. [¹]
«Man with new radio» es una sátira sonora en la que Templetonimagina a un hombre que acaba de comprarse una radio nueva, girando el dial, sin quedarse detenido en ninguna estación en especial, desfilando así una serie de sonidos radiales producto de lo que recibe a través de las ondas hertzianas: música de varios estilos, anuncios horarios, radioteatros, radiotelegrafía, etc.
El video con el registro sonoro está ilustrado, con imágenes de tarjetas de confirmación QSL de radioaficionados pertenecientes a la década del 30, entre las que figuran las de G5RV, Louis Varney, el radioaficionado británico que también vivió en Uruguay (estuvo casado con una uruguaya y los veranos los pasaba en el balneario Piriápolis) y quien inventó la popular antena que lleva el nombre de su indicativo. Asimismo figura una QSL de la histórica Expedición de MacGregor al Ártico, que llevó equipos de comunicación por radioaficionado.
En el entretiempo del partido, una acción del movimiento subversivo MLN interrumpió la emisión deportiva de CX8 Radio Sarandí, (que trasmitía también en ese entonces en la onda corta por CXA8 en 9640 kHz) en , donde el legendario Carlos Solé relataba.
Carlos Solé a la izquierda del micrófono; y de lentes, Rubén Castillo, en la cabina de Radio Sarandí en el Estadio Centenario de Montevideo. Fueron testigos de una noche distinta en en la que avatares políticos de un tiempo turbulento se cruzaron con la radio y el fútbol.
En el libro «Actas Tupamaras»,(Editorial Cucaña, Buenos Aires, 2003) se relatan las operaciones en las que participaron los Tupamaros, escritas por ellos mismos. Esta es la versión de la
Era el año 1969. En un principio la acción había sido planificada para ser realizada el 30 de abril por la noche. Se difundiría un mensaje de apoyo al 1º de mayo y un llamamiento a la lucha armada.
La emisora elegida era Radio Rural, guarida y voz del sindicalismo amarillo.
En caso de no poder irradiarse el mensaje, se destruiría la planta emisora.
Con todo listo, problemas mecánicos del vehículo surgidos a último momento obligan a postergar la acción.
El plan queda latente en espera de una oportunidad propicia, la que se presenta el 15 de mayo en que jugaban por la copa «Libertadores de América», Nacional local y Estudiantes de la Plata argentino.
El plan sufre dos modificaciones: el cambio de la emisora, por lo que se descarta la destrucción prevista. Se elige Radio Sarandí, porque es la más escuchada en los partidos de fútbol y fundamentalmente, porque llega a todo el interior del país.
En los tres días que median entre la resolución y la ejecución, se estudia el objetivo, la zona, vías de acceso y salida, y en la medida en que se obtienen datos se van planificando los detalles de la acción.
Planta trasmisora de Radio Sarandí, en el Camino Simón Martínez. (De un folleto de la emisora publicado en los 70s, archivo LGdS)
La planta emisora está ubicada en el Km. 11,500 del camino Simón Martínez, a unos 30 minutos del centro de Montevideo.
Frente por frente hay una fábrica de neumáticos -Ghiringhelli- y aquí, una parada de ómnibus donde varios compañeros y compañeras se turnan en una vigilancia permanente durante las 24 horas del día. Esa vigilancia da la posibilidad de observar el movimiento de gente en la planta emisora y la casa de familia del encargado, que forma parte del mismo edificio.
Mediante dos ardides, se profundiza la observación del objetivo y se reconocen sus alrededores. Por un lado «chacareros» de bota entran y recorren las chacras vecinas -no faltan pretextos- en búsqueda de posibles vías de acceso y salida a través de ellas, a la planta emisora.
Lindero con ella y separado por un alambrado hay un aserradero al cual también se entra. Se consultan precios, se recorre para ver las maderas que se necesitan y se promete volver. Se descarta la entrada por el aserradero: hay sereno y perros.
Por otro lado, una compañera embarazada -embarazada sin comillas- muerta de sed, entra a la planta emisora y en la casa de familia pide un vaso de agua.
La simpática y conversadora dueña de casa la atiende con solicitud.
Si la dueña de casa conversa, conversa mucho, la compañera pregunta otro tanto, con lo que entran en confianza y se habla del calor, de los meses de embarazo, de los hijos que tienen o no tienen, de la linda casita— con eso comenzaron y siguieron como viejas de cola de expendio.
A la media hora la compañera sabía: disposición interna, vida y milagros de la casa y la planta emisora, cantidad de habitantes, entre los que había un niño y un anciano, que la portera de entrada no se cerraba nunca con candado, que no tenía chicharra que alertara al ser abierta…
Aunque aún les quedaba tema para otra media hora de conversación hubo que despedirse. No fue fácil: habían trabado una enorme amistad.
Otro grupo de compañeros se encarga de preparar los «cazabobos» que serán colocados al abandonar el objetivo a efectos de frenar o retardar el acceso a él.
Un tercer grupo graba la cinta magnética. Este grupo juega la carta brava y fundamental en la acción. El éxito depende de ellos.
A diferencia de la operación suspendida en la que la destrucción de la planta emisora aseguraba, en última instancia, el éxito de la acción, ahora, de nada valdrá tomar la radio si no se logra irradiar todo el contenido de la cinta, por varías veces, en un lapso prolongado.
Este objetivo, sencillo para un experto en transmisiones normales, resulta complicado y difícil para legos en la materia, por los riesgos que implica los altos voltajes usados y el funcionamiento sensible de los equipos de corte que accionan ante la menor alteración del circuito.
Los muchos y complejos problemas técnicos a resolver requirieron una complementación teórica a los conocimientos elementales que se poseían sobre radio-transmisión.
Esa preparación presentó dificultades que parecieron insalvables, y que se derivan de la carencia en plaza de materiales sobre el tema.
Respecto a la planificación sólo resta decir que el acto de copar la planta emisora se efectuará pocos minutos antes de finalizar el primer tiempo del partido de fútbol, de tal manera de poder irradiar el mensaje sin interferir con el relato.
Intervendrán 10 compañeros, dos compañeras y un vehículo Ford especial.
EL DÍA 15 DE MAYO
El país entero está pendiente del partido. Los que asisten al estadio no conformes con verlo suelen llevar su radio para oír el relato. Los que no van se conforman con oírlo.
Faltando un cuarto de hora para terminar el primer tiempo, la camioneta da un par de vueltas por el objetivo y sus alrededores y comprueba que todo está tranquilo. Como todo el mundo, el guardia de la casilla de Ghiringhelli escucha el partido.
En la segunda vuelta de la Ford, sube a ella la pareja que vigilaba en la parada.
Ya en espera de la hora la camioneta estaciona en el Camino de las Tropas, a 4 cuadras del objetivo. Diez compañeros en la caja y dos en la cabina: Nolo y Tusso.
Todo está pronto y previsto, nada falta: desde el «técnico» en radio-transmisión, hasta el agua de colonia y el amoníaco para cualquier problema en los nervios de la señora simpática o de sus ancianos padres, su padre en especial. En cuanto al nene, para él también hay previsiones: un precioso trompo musical.
Transcurría la espera cuando aparece un vehículo que, al maniobrar entra a una chacra, enfoca sus faros en la cabina de la Ford.
Rápido como la luz -y aquí sí cabe la comparación- Nolo se echa sobre Tusso y lo cubre con su cuerpo para simular una pareja: dos hombres hubieran despertado sospechas. Para los chacareros todo pasó como si fuera una encendida escena de amor. Después, Nolo se moría de risa… Tusso no.
Cinco minutos antes de finalizar el primer tiempo del partido, se parte hacia el objetivo. Abierta la portera se entra y estaciona a unos cinco metros del edificio. Descienden los de la cabina. Con evidente recelo sale a recibirlos el encargado. Le preguntan si tiene nafta.
Entre pregunta y respuesta los restantes compañeros se descuelgan de la camioneta y dos de ellos, con sendas metralletas se dirigen a vigilar los alrededores del predio.
El recelo y la sospecha del encargado le son confirmadas: sin esgrimir armas le explican que la emisora será tomada y que se irradiará un mensaje. El hombre se resiste e intenta bloquear con su cuerpo la entrada a la planta.
En el pórtico de la casa de la familia aparecen la «señora simpática» y su madre. Dos compañeras y un compañero se encargan de tranquilizarlas: entran los cinco en la casa donde acaba de despertarse un hombre que dormía allí. Se le indica que siga en la cama y él obedece tranquilo. El anciano y el niño no están. La señora mayor comienza a ponerse nerviosa. Una de las compañeras repasa mentalmente el uso de la colonia y del amoníaco: felizmente todo se arregla con un vaso de agua.
Las compañeras y el compañero explican el sentido de la acción y preguntan por el anciano y por el niño para el cual dejan el trompo que han traído.
Entretanto la resistencia del encargado se ha superado. Aunque libre la entrada, hay que atender al hombre que sufre una especie de vahído. Dice que es su corazón y pide que se alcance el remedio que usa en estos casos. Llega la pastilla y el vaso de agua, y una vez calmado se le explica, se le tranquiliza y se le pide su colaboración.
Como el hombre se niega, dos compañeros se encargan de custodiarlo.
CIELO, MI CIELITO LINDO…
La primera reacción de nuestro «técnico» en aquella sala de 8 metros por 8, llena de un zumbido intenso, repleta de equipos de medición y de múltiples aparatos de transmisión es de asombro, de aprensivo asombro.
Sala de trasmisores de CX8 Radio Sarandí.
Allí comprueba el largo trecho que va entre la teoría y la realidad.
Superado ese primer desconcierto comienza a rastrear, por medio de audífonos la línea que llega de los estudios centrales. Se le van varios minutos sin éxito. Ya ha concluido el primer tiempo. La negativa del encargado a colaborar y el afán por encontrar la línea, lleva a varios compañeros al error de abandonar sus cometidos específicos para ayudar el rastreo.
Luego de cinco minutos que -como siempre que se trabaja contra reloj- parecieron volar, se logra ubicar la línea. Cortados sus dos cables se conecta el grabador al cual se le había sacado el parlante: sus dos colillas reemplazan a los cables cortados. ¡Todo listo!… pero la transmisión no sale.
¿Qué ocurre? ¿Será obra de los interruptores? Revisado el grabador, se comprueba un pequeño desperfecto que se arregla de inmediato.
…Ahora sí, surgen en el monitor de la sala las primeras notas del «Cielito de los Tupamaros» que preludia el mensaje. Lo mismo ocurre afuera, en la calle, en todo Montevideo, por todo lo ancho del país, en los países vecinos, especialmente en la Argentina.
Los compañeros que debían estar en otras tareas, vuelven a ellas: unos a instalar el circuito de «cazabobos», otro a ubicar la Ford en posición de salida; otro, a la custodia del encargado.
Todo listo para evacuar, se desaloja al planta emisora y la cierra lo más firmemente posible. El cartel que se ha colocado indica el peligro de explosión derivado de todo intento de abrir la puerta o cortar la transmisión o la energía eléctrica.
El encargado es llevado a su casa, donde se le repite la advertencia; ahora se agrega: que no toquen nada, que nada pasará y que llamen al Servicio de Armamentos y Explosivos del Ejército.
Entonces ocurre algo imprevisto. El que estaba en la cama, salta de ella, corre hacia fuera en pijama y la emprende a los gritos y las pedradas contra la camioneta, contra los compañeros que estaban subiendo. Uno de ellos lo amenaza con su arma, y el iracundo escapa campo afuera saltando los alambrados.
En tanto, sin que sus ocupantes adviertan que falta uno, la camioneta apura hacia la portera. El compañero abandonado corre tras ella a grito pelado hasta que es oído finalmente.
Al pasar frente a la casilla del guardia de la fábrica se oye llegar de allí el mensaje que, también se va escuchando en la radio de la Ford.
En diversos puntos del camino de regreso van bajando los compañeros.
Llegados al cantón, mientras consumen un merecido café con leche, se sigue oyendo el mensaje…
Después ya en la cama… y continúa el mensaje. Cuesta creer que la transmisión dure tanto, hasta agotar la cinta en la que el mensaje se repetía seis veces, un tiempo total de 40 minutos.
Los efectivos entran a la planta emisora.
Los «cazabobos» han resultado efectivos: 10 minutos después de retirarse los compañeros llegaron las fuerzas policiales y de la metropolitana. Rodearon la planta emisora.
En gran cantidad y armados hasta los dientes llegaron en autos, en jeeps, en «chanchitas». Pero esta vez, ni el número ni las armas les sirven para nada: al ingenio no le entran balas.
Allí permanecen la policía, rodeando la planta, mientras pasan y pasan los minutos…
Afuera el tropel de botas, revólveres, metralletas, fusiles, ir y venir de jerarcas sin saber qué hacer.
Afuera las puteadas, la rabia, la histeria, la impotencia.
Adentro una pequeña cosa, un aparato casi insignificante que rueda y rueda irradiando al país entero la voz del mensaje revolucionario.
Entre unos y otros los «cazabobos», unos cohetes sin importancia… Claro, que pueden no serlo tanto.
Con los minutos que pasan crece la desesperación, la rabia y el ridículo.
De pronto el Jefe de Policía, valiente y decidido avanza hacia la puerta, mientras sus subordinados contienen la respiración.
Toca la puerta y tiene como respuesta una explosión… barullo nomás… pero que le hace pegar un salto de resorte entre las risas de los subordinados.
Mejor no probar más: con esto alcanza. Pero hay que hacer algo más que dar vueltas y putear. Por allí ven una caña tacuara. ¿Podrán cortar el cable que va de la planta a la torre? Allá van, montoneros nocturnos… al segundo fracaso, aunque sin ruido y sin susto.
Por fin la luminosa idea del Jefe: que la UTE corte la luz de la zona.
Lástima que a esta altura de las cosas había concluido la transmisión, aunque seguían, por la onda corta, entre las incidencias del partido los furiosos carajos del relator.
Mientras duró la transmisión tupamara, en el Estadio la gente se agrupaba en torno de los que tenían radio.
El partido terminó con la eliminación de Nacional por 2 goles a 1. Pero un fanático tricolor que a pesar de todo parecía contento comentaba al salir: «¡Qué me
importan los dos goles de Estudiantes, ante ese golazo de los Tupas»… (1)
Jorge Bazzani y Carlos Solé
La grabadora magnetofónica de la emisora siguió registrando en la cabina de trasmisión del Estadio. El siguiente documento sonoro registra el sonido de ambiente inmediatamente que se percatan del incidente. Se aprecia el comentario de Bazzani, el que sin haberse enterado de que su voz no estaba saliendo al aire, queda interrumpido cuando aparece sonora y frenética la «puteada» de Don Carlos Solé. Las voces de alerta y alarma suenan dentro de la cabina, la sorpresa -y enseguida- las conjeturas de los compañeros de trasmisión, entre los que se reconoce, entre otros a las voces de Raúl Barizzoni y Rubén Castillo.
Jorge Zabalza habla sobre el copamiento frustrado a CX12 Radio Oriental, el 1º de mayo de 1968, previo al de CX8 Radio Sarandí. (Fragmento de entrevista en Crazy FM, programa “Dos Locos De Atar” (27 de mayo de 2018).
Fuente:
«Actas Tupamaras», Editorial Cucaña, Buenos Aires, 2003, pags. 113 a 119. Visto en 12 de setiembre de 2013.
Entre el amor por la radio y la restauración del pasado, reparte su vida Horacio Nigro. Su mayor afición es escuchar radios exóticas, una actividad conocida como «diexismo». También tiene un taller donde repara objetos artísticos antiguos.
Entrevista de Juan Pablo De Marco. Publicada en «El País», Montevideo, Uruguay el 8 de setiembre de 2013, coincidiendo con mis 40 años en el hobby de la radio y el Diexismo.
«Black Jack», marca de goma de mascar, fue la primera saborizada en venderse desde 1884. fabricada por la Compañía Adams, de EE.UU.
Este aviso publicitario refleja la manía que, en los años 20, invadió a los primeros radiómanos de captar emisoras de radio distantes como un placer auditivo supremo, descubriendo un nuevo medio.
La disyuntiva que ofrece el padre a su hijo es: «DX» (la denominación dada a la afición a captar radioemisoras distantes) o «B.J.».
El notable dibujo es del artista Leslie Parker y fue publicado en una revista norteamericana en 1923.
Adams fue comprada por Cadbury en 2003, y «Black Jack» se fabrica actualmente en una partida cada tres años. (¹)
La goma de mascar «Black Jack», tuvo otra conexión más reciente en el tiempo con la radio, ya que se utilizó en la película «Pump-up the Volume»(EE.UU, 1990 Allan Moyle), como elemento referencial verbal y visual, por parte de Mark Hunter, el personaje que hace de Disc Jockey de una radio pirata de FM, instalada en el sótano de la casa de sus padres, interpretado por el actor Christian Slater y en una escena de la salida al aire de su emisora clandestina. (²)
Vistos en «Queen of Pain», una tienda en la Peatonal Sarandí, en la Ciudad Vieja de Montevideo, a pocas cuadras de la Puerta de la Ciudadela (¹), expone y vende estos bolsos o valijitas con motivos de radio-caseteros:
No sólo éstos artículos están a la venta. También hay una hebilla de cinturón con un motivo similar. ¡Moda retro y utilitaria «à la Radio»!. De fabricación española.
Precisamente se han cumplido 50 años del casete, y una nota en el diario «El País», de Montevideo, hace referencia a tal soporte, desde una perspectiva uruguaya, en la cual también incluyeron mi testimonio.
(¹) «Queen of Pain», Sarandí 612, Ciudad Vieja, Montevideo.
Juan Clímaco tenía 62 años, cuando el 24 de marzo de 1992, justamente «Día del Locutor», murió al frente de sus micrófonos del Servicio Latinoamericano de la BBC, mientras leía las noticias.
Había sido víctima de un fulminante ataque cardíaco. Hacía cuatro, le habían implantado una válvula en el corazón.
El documento sonoro es dramático. La voz se pierde por segundos y luego algo pesado, como un cuerpo, cae sobre la mesa. Pasan unos segundos y el compañero que está en el estudio, el co-presentador de turno, también colombiano Carlos Gori, a cargo del programa «BBC Primera Hora», que se transmitía a las 13:00 GMT, dice con voz entrecortada que «hubo una falla técnica».
Juan Clímaco Arbeláez, se había formado en la HJCK y en Sutatenza. Su voz identificó la edad dorada de esta estación. Estuvo en la Radio Nacional y fue su director. Quedan apenas cinco grabaciones suyas de «Bajo el Signo de Leo», los programas escritos y a veces dichos por León de Greiff («Érase que se era mi hijo Boris…») y que requieren una voz diestra que sepa adentrarse con donaire en las escarpadas variaciones, siempre castizas y siempre laberínticas de la musical prosa Griffiana . Un portento de virtuosismo.
Quedan sus series de Historia de la Música y de Vidas de Autores, también para la Radio Nacional. Modelo de dicción y de gracia. Nunca dijo mal un nombre y no exageró la nota.
Trabajó durante varios años al servicio de La Voz de América, enEstados Unidos. Uno de sus programas mas recordados fue «Revista de la Semana», que se emitía los días sábado, con una selección de las noticias más destacadas de los siete días y condensadas, en una audición ágil y con las voces de sus protagonistas.
En la BBC continuó la clásica tradición de las voces colombianas que desde Jorge Camacho («Atalaya», durante la Segunda Guerra Mundial) y después con Jorge Arturo Mora, Guillermo León Ruiz y Guillermo Beltrán dieron prestigio internacional a la voz colombiana, siempre neutra, siempre sin acentos. Junto tambien a voces jóvenes como las de Carlos Gori y Nicolás Rocha.
En la emisora londinense, Juan Clímaco estuvo durante diez años. Sus traducciones y adaptaciones fueron admirables y su estilo de locución ejemplar. Pura BBC , como se dice de ese estilo que no cambia porque nunca se adquiere. Es innato.
Sus años finales fueron privilegiados. Vivía en una especie de aldea que da a Cheval Place, apacible, casi siglo 18, a pesar del ruido distante de Kensigton. Era un aristócrata de espíritu, y como en la canción de Ellington, «In a Mellow Tone» la vida amable y un poco de gin matinal le hacían más fácil la faena. Nunca guardó apuros. Le sentaban bien, como a un country gentleman , sus yines contrastados por una chaqueta vieja de tela semiburda pero bien tejida, de Harris Tweed. Todo lo que llevaba y hacía tenía naturalidad, comenzando por su voz. (¹)
«La Rayotelefonía», es una narración gaucha, escrita e interpretada por Evaristo Barrios, poeta, guitarrista, compositor y cantor (Argentina 1889 – Uruguay 1959).
Evaristo Barrios. Popular intérprete del folklore nativo y creador de los relatos gauchos, composiciones éstas de pintoresco sabor criollo. Foto de 1936. (Archivo LGdS)
Barrios, fue nieto del conde Nicolás de Barrios, oriundo de San Lúcar de Barrameda, quien llegó a Argentina y se casó con la hija de Feliciano Chiclana, llamada Victoria Catalina. De ese matrimonio nació su padre que se casó en 1868 con una descendiente del oriental General Oribe.
Nació en Abasto (pueblo que se encuentra camino a la ciudad de La Plata. Allí, pasó su infancia. Al tiempo, su familia se trasladó a Magdalena y en el pueblito de Atalaya pasó sus primeros catorce años. A esa edad decidió partir, pero a un pueblo cercano distante seis leguas, Bavio, donde se empleó como peón de panadería.
Comenzó, por entonces su afición a la lectura y tanto leía a Tolstoi como al anarquista Malatesta. Y supo decir ya grande: «Ahora que con rumbo voy al ocaso de la vida, en su senda veo mirando atrás, que pelear por los demás es una lucha perdida».
Fue tambero, ordeñador, supo manejar la horquilla y finalmente llegó a Olavarría para trabajar de carnicero. Por entonces ya cantaba. Y llegó el servicio militar. Luego fue periodista, escribió las cosas a su manera: «A la noble clase obrera con mi pluma defendí. Lo que con eso conseguí fue vivir siempre acosao».
En su rumbo de cantor, el payador Martín Castro fue su guía. Fue y volvió muchas veces al Uruguay.
Grabó 170 temas. Publicó doce libros. Un día, un amigo mayor le aconsejó estudiar música, cosa que hizo por su cuenta con los diversos métodos publicados. Lo llamaron payador, luego concertista y también artista y compositor, pero el fue cultor de la canción popular, que canta lo que siente.
«Novias tuve una bandada, lo mesmo que loras maiceras, charlatanas y embusteras, que al fin no servían para nada, las más desinteresadas reclamaban casamiento».
Ganó mucho dinero, tal vez un millón de pesos (cifra fabulosa en 1947); dinero que tal como vino se fue. Amigos, confiesa no haber tenido más que los dedos de una mano, además de su hermano.
En el Uruguay, en Florida, a tres leguas de la estación tuvo su estancia, ya que volvió a tener dinero. “La Chiquita”, se llamaba. Pero finalmente, no nacido para mandar, retornó a lo suyo. (¹ y ²)
A propósito de una de sus participaciones en la radiotelefonía uruguaya llevada a cabo en 1936, en CX26 Radio Uruguay, C. M, Vázquez Carabal, columnista de «Radio Revista Cancionera» señala:
«Radio Uruguay, que comparte dentro de nuestro mundo radiofónico la alta responsabilidad de los que mantienen bien y mejor el prestigio que han conquistado, nos dió en estos días, la oportunidad de tener, bien cerca nuestro, una personalidad extraordinaria,
Hablamos de Evaristo Barrios, que en la actualidad representa -sin ninguna clase de duda- la más genuina expresión del alma y la sensibilidad gaucha.
A través de la onda de CX26 más de trescientas composiciones inéditas, se apretujan con emoción de profunda fuerza lírica, para envlver al oyente en su bella inquietud.
Un largo rato de charla con Evaristo Barrios, nos dió de él una inmejorable impresión.
Camaraderil, sencillo, finamente chistoso, con gracejo y con altura, es al mismo tiempo, un modesto.
Con la modestia serena de quien sabe que tiene condiciones no comunes, y por ello mismo no le es necesario una ostentación por sí, ya que son los demás quienes señalan lo que vale.
Evaristo Barrios figura de consolidado prestigio, no obliga a las consabidas frases de elogio ni a los adjetivos de rigor- ama, yo diría su «folklore», con tanta intensidad que lástima grande es no poder captar, junto a la transmisión microfónica, la no común riqueza de expresionismo visual, que es su mejor y más saliente característica.
Personalísimo en su arte, es múltiple en sus manifestaciones, y como charlista -otra faz suya- es amenísimo e interesante, hasta lo inimaginable.
Tadeo Lara, su otro aspecto microfónico que también ofrece en exclusividad Radio Uruguay, no sólo mantiene el interés de que hablamos, sino que, por ser una modalidad que hasta ahora no conocíamos, supera todo lo que pudimos esperar.
Y por sobre todo, más que hablar de él, preferimos invitarles a que le sigan en su labor radiofónica, señalando que en Evaristo Barrios, encontramos no sólo al artista, sino también al hombre cuya cultura y bonhomía no nos cansaríamos de enhebrar elogios.»
Evaristo Barrios visita la redacción de «Radio Revista Cancionera», Montevideo, Uruguay, 1936. (Archivo LGdS)
«La Rayotelefonía», es una narración gaucha de su pluma y canto, grabada en Disco Victor 77221, el 23 de agosto de 1923.
Comienza con los siguientes versos:
¡Bien haiga con los talentos demostraos por el gringuerío! Ya nos tienen -¡Cristo mío!- asustaos con los inventos o vuelan contra los vientos o bajan al fondo’el mar, y en el afán de inventar un telefón han ideao, que no precisa alambrao como el otro pa charlar.
El resto de la letra quedó registrado en la siguiente ilustración de «Radio Revista»…
Perseguí por muchos años la grabación fonográfica de «La Rayotelefonía». Cierta vez, cuando ya había concertado con el dueño, al revisar el disco, de «pasta», después de buscarlo lo encontró roto; comunicándomelo y frustrándose así la transacción.
No dudé, más tarde, en consultar más tarde a la Biblioteca de la Universidad de California, en Santa Bárbara, que mantiene una colección y catalogación de discos de la Casa Víctor, donde «La Rayotelefonía» está indexada. Pero, tampoco estaba el disco ni su audio.
La cara B contiene el tema «La Sencia de la Trompada», que describe los hechos del fusilamiento de Ferrer, fundador de la escuela moderna en España, intelectual anarquista fusilado en 1909 0 1910.
Finalmente, tuve suerte con un coleccionista en la ciudad de Bragado, Buenos Aires, y logré obtenerlo, gracias a los buenos oficios de un colega radioaficionado de mi amistad, que frecuentemente viaja a y desde Buenos Aires. Limpiado (con detergente y bajo el chorro de agua del grifo), después digitalizado y restaurado, «La Rayotelefonía», suena de esta manera:
Aplicando moderada restauración de sonido (reducción de ruido y amplificación de la voz) y eliminando las estrofas de introducción:
Pin con el emblema del RCU. (colección Horacio A. Nigro, LGdS).
Conmemora la creación del Radio Club Uruguayo, la entidad afiliada y representante por Uruguay a la Unión Internacional de Radioaficionados, IARU.
Precisamente, inició su vida institucional el 23 de agosto de 1933, en una modesta sede de la calle Sarandí 319, luego a la calle Salto 912, en forma provisoria, hasta que ocupó la casona, (hoy ya demolida), en Mercedes 1196. En tiempos más recientes funcionó en un apartamento de la Avenida Uruguay872, Ap. 802, y luego a su sede actual de la calle Simón Bolívar.
Oficina del Radio Club Uruguayo en la antigua sede de la calle Mercedes 1196, Montevideo. (Archivo LGdS).
Sede del Radio Club, en la calle Mercedes y Cuareim, que ocupó en 1957. (Archivo LGdS).
En su primera asamblea constitutiva estuvieron CX1AH, José P. Carbonell Viera; CX1AK, Luis Rodríguez Subios; CX1BB, Alberto García Capurro; CX1BC, José E. Carámbula; CX1BD, Alberto Rivas; CX1BE, Luis de Luca; CX1BI, Augusto Pértile; CX1BJ, Luis Moreaux; CX1BK, Francisco A. Formoso; CX1BL, Enrique Domínguez; CX1BN, Ignacio Píriz García; CX1BH, Luis Batlle Vila; CX1BQ, Juan y Amado Dalmao; CX1BR, Hugo Celli; CX1BS, Vicente B. Quinteros; CX1BT, Juan E. Salsamendi Carlevaro; CX1CD, Jorge Joanicó Costa; CX1CF, Carlos Sosa Díaz; CX1CO, José Chacón Ortega; CX1CQ, Juan Antonio Carámbula; CX2AO, Wáshington Fernández Barreiro; CX2AR, Salvador Santa María; CX3AA, Juan Carlos Izaguirre, CX3AS, Francisco Lamas Padín; CX3AY, Domingo Quintans; CX3BT, Andrés Miramontes y CX1CX Pablo Scremini Algorta.
Integrantes de la primera Comisión Directiva, noviembre 1933. (Foto cortesía RCU)
Se adhirieron también los siguientes; CX1AD, Manuel López y López; CX1AE, Alipio Suárez; CX1AG, Rafael Díaz Zipitría; CX1AI, Conrado Camp; CX1AJ, Alcides Giorello (h); CX1AX, Juan S. Ferreira, CX1BX, Susano J. Almada; CX1BW, Julio J. Rabassa; CX1BX, Otto Dreier Barci; CX1BZ, Andrés Folle Illa; CX1CC, Alfredo Guimaraens Balparda; CX1CH, Leonardo Torres; CX1CM, Eloy Dos Santos; CX1CY, Gualberto Conti; CX2CV, Ludovico Mirabella;CX3AE, Pedro Viñas; CX3AQ, Osvaldo Montero Posadas; CX1LB, Luis Alberto Urioste; CX3AO, Plimio Víctor Areco; Raúl Vidal Bello; Alfredo Hugo Fiandra; Dante Tartaglia; Juan Carlos Lascourregles; Astur Castro y CX1LE, Calixto Cabrera.
La primera Comisión Directiva estuvo integrada por los siguientes radioaficionados:
Presidente, Luis Batlle Vila; Secretario, Alberto Rivas; Tesorero, Carbonell Viera; vocales, Ignacio Píriz García, Domingo Quintans, Juan A. Casambrela y Carlos Izaguirre.
La famosa Casilla 37 fue obtenida seis años antes de la fundación del Radio Club Uruguayo, o sea, en 1927. En efecto, un grupo de entusiastas radioaficionados sU (así se identificaba a Uruguay, antes de asignarse el prefijo CX), la «adquirieron» (sic), para poder asegurarse la correspondencia, incrementada por sus crecientes incursiones en las ondas cortas.
Puede consultar una breve historia del Radio Club Uruguayo, en la página de su sitio web. En 2013, la institución cumplió 80 años.
Cenicero con el emblema del RCU. (colección Horacio A. Nigro, LGdS)