El «speaker». («Ondas», Madrid, España, 1935).

En toda buena organización radiofónica el «speaker», primer valor humano de la emisión, alma del micrófono, ha de ser esmeradamente seleccionado, no sólo por lo que se refiere a las condiciones físicas de su voz, cultura general, conocimiento de idiomas, etc., sino a aquellas otras condiciones de buen gusto, ponderación, gracia y simpatía que nos hacen tan gratas algunas emisiones.

Porque el «speaker» o locutor, como gustéis, aún moviéndose en un un estrecho círculo de limitaciones, debe, en determinados momentos, gozar de cierta libertad para llevar airosamente el curso de la transmisión, llenando los inevitables vacíos radiofónicos que escapan a toda previsión y haciendo frente a los imponderables de los programas, avisos, averias, sustituciones.

Se han dado muchas definiciones del «speaker» y hasta se han publicado libros sobre las cualidades que debe reunir y las normas a que se debe atener en su actuación.

Pero, a mi juicio, la catalogación general del locutor ha sido dada exactamente por un periodista francés, Georges Barbaexarin, cuyas frases transcribimos:

«No se exige al “speaker” otra cosa que la de ser alegre (sin exageración}, serio (sin exceso), igualmente alejado de la trivialidad que del énfasis, reposado, distinguido (pero mostrando simpatía y afectuosidad), exacto, invariable (con algo de delicadeza e impetuosidad}, artístico, digno, pero no fatal.

También se exige de él que posea la anécdota, el dominio de la palabra, la presencia de espíritu, sangre fría, perfecta educación; en una palabra, las cualidades de un gran conversador, de un gran ministro y de un gran embajador».

Verdad es, que el citado periodista francés define lo que se podría llamar el speaker ideal, porque en la realidad es muy difícil, si no imposible. encontrar personas que, reuniendo tan diferentes y preciadas condiciones, estén dispuestas a aceptar dicho cargo.

La elección de locutores es uno de los asuntos que más preocupan a los directores de radio. En algunos países existen verdaderas escuelas profesionales para la formación de locutores: en otros, la elección se realiza mediante reñidísimos concursos, en los que los aspirantes son sometidos a pruebas tan duras como las siguientes:

Examen de las condiciones físicas de la voz.

Dición perfecta y facilidad de pronunciación.

Voz radiogénica, exenta de cualquier clase de acento.

Presentación dé un programa a base de obras de autores de autores y compositores de diversas nacionalidades cuyos nombres ofrezcan dificultades de pronunciación.

Lectura de textos que ofrezcan dificultades de
pronunciación y que contengan palabras corrientes en varios idiomas.

Lectura de boletines de prensa con mala impresión y que contengan frases truncadas, y palabras saltadas, pero que se puedan adivinar fácilmente.

Lectura de cotizaciones de Bolsa.

Lectura de una página literaria y de un poema.

Sentido del órden y cuidado en la transmisión.

Además, un buen «speaker» ha de poseer una cultura bastante amplia, cuando menos en materias de Arte, Geografía e Historia, de suerte que los lapsus y equivocaciones— erratas del micrófono— queden reducidas a un mínimo margen.

El buen locutor no puede olvidar ni un sólo momento el carácter universal del micrófono. Sus palabras no son para un público, sino para todos los públicos: doctos e ignorantes, ancianos y niños, gentes de la ciudad y del agro, y deben ser pronunciadas con la corrección y exquisito cuidado que se exige a quien va a visitar hogares ajenos.

Esta universalidad de la radio es precisamente la que obliga a una severa vigilancia, que ha dictado recientemente a los directores de la British Broadcasting Corporation una tabla de prohibiciones, según la cual los “speakers» no pueden aludir, entre otras, a cosas inmorales, taras y defectos físicos, infidelidades conyugales, enfermedades incurables, objetos o cosas que puedan suscitar repugnancia en los oyentes, etc., sin que se incluyan en esta relación las prohibiciones de carácter general que se refieren a la critica de personalidades, relaciones con países extranjeros, acatamiento a Jas leyes, orden público, religión y otras cuestiones, ante las cuales el «speaker» ha de proceder con finísimo tacto y exquisita corrección cuando de ellas trate, porque la ironía, la burla y aún el ataque, pueden deslizarse hasta en el tono de la voz.

Con todos estos datos a la vista, júzguese cuán difícil y delicado es el cargo de «speaker», personaje de la mayor importancia en las organizaciones radiofónicas, ya que dar vida y animación a un micrófono diariamente, por espacio de algunas horas, no es asequible a cualquiera ni empresa tan sencilla como a primera vista parece.


Fuente:

  • Revista «Ondas», Madrid, España. «Crónica radiofónica», «El Speaker», 21 de diciembre de 1935.

  • Viñeta en «Gráfica Humorística de la Quincena», por Jorge Centurión, revista «Peloduro», Montevideo, Uruguay, 6 de agosto de 1947. (Fuente: Biblioteca Anáforas, Facultad de Información y Comunicación, Montevideo, Uruguay).
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