«La edad heroica de la radio en Argentina». (Segundo Argos, 1928).

Algunos apuntes y muchos olvidos. – Los primeros conspiradores. – Las comunicaciones iniciales. Los records de distancia. Algunas anécdotas.

por Segundo Arcos.


Nos propusimos recoger todos los apuntes y notas dispersas sobre los primeros pasos de la edad «heroica» de la radio, como la denomina uno de sus actores, sin duda con el oculto propósito de que se le considere héroe.

Salieron reporters oficiales y oficiosos y entraron en las casas que encontraron abiertas pero la cosecha fué bien escasa. Nadie ha tenido la precaución de anotar fechas y los recuerdos que subsisten son los que registra la memoria de cada uno. Y se justifica.

Los apuntes y anotaciones son obra de personas serias, metódicas, reposadas, «sesudas», pero ¿qué puede esperarse de jovenzuelos o chiquilines que calzaban o embraguetaban pantalones cortos, como eran los iniciadores o los «héroes» de la radio en la Argentina?.

¡Qué podían anotar los hermanos Evers; cuando desarmaban los juguetes con motores que recibían de regalo, para saber lo que tenían dentro?. ¿Cómo podrían justificar en sus anotaciones la pretensión que tuvieron cierto día de hacer girar un molino con el motorcito de un ventilador de mesa?

¿Es posible acaso anotar los coscorrones recibidos por Martínez Seeber, Arechavala, Mujica, Guerrico y Romero cuando se les sorprendía con el destornillador en la diestra o calzando el cabezal telefónico, mientras los libros de estudio «descansaban» en el suelo?. Es pedir peras al olmo.

Los apuntes históricos que pensábamos ordenar y publicar son, seguramente, incompletos. Posiblemente en futuros artículos salvaremos las omisiones que involuntariamente aparezcan. Quisiéramos contar con la buena voluntad de los actores de aquella época antigua» (¡tres lustros escasos!) para que ellos mismos cooperen en la publicación de esos apuntes, para que nadie ignore los orígenes modestos de la radioafición argentina, base del portentoso desarrollo actual y cuna del comercio y de la industria argentina, especializada en ese ramo, que hoy mueve capitales de un volumen insospechado. Para que el público los conozca y para que los que hoy se benefician en cualquier forma sepan quienes abrieron el primer surco, probando a escondidas, hurgueteando y gastando cuanto centavo caía a sus manos.

Capitán de Navío Luis F. Orlandini. Primer presidente del Radio Club Argentino, ex-jefe del Servicio de Comunicaciones Navales, y amigo de todos los radioaficionados.

Lo que podríamos llamar la «edad heroica» de la radio en la Argentina, comenzó a fines del año 1915.

En octubre de ese año el ingeniero Teodoro Bellocq después de infructuosas tentativas consiguió su primera transmisión radiotelefónica entre Buenos Aires y el Tigre. El transmisor a base de chispa de alta frecuencia realizó la proeza de hacer vibrar los auriculares conectados a un primitivo receptor con detector de cristal, ubicado a unas decenas de kilómetros.

Así, silenciosamente, sin que la prensa registrase el acontecimiento, el éter de nuestro ciclo sintió por vez primera la armónica vibración de la voz humana. Nadie, ni sus mismos iniciadores, vislumbraron entonces la magnitud del desarrollo actual de las radiocomunicaciones.

Siguiendo las instrucciones del ingeniero Bellocq otros aficionados instalaron estaciones similares y entonces se constituyó el primer contingente de radio-aficionados argentinos, jóvenes todos, entre los que recordamos a Luis Romero, César Guerrico, Ignacio Gómez, Carlos Degiorgi, Horacio Martínez Seeber, Manuel y Rodolfo Evers, J. M. Arechavala, Miguel Mujica y luego otros cuyo número aumentó en proporción geométrica.

Señor Manuel C. Evers. Famoso chispero que se inició en la radio con pantalones cortos.

Se formaba entonces una única y cordial rueda sin antagonismos ni rencores. ¡Felices tiempos aquellos en que el prodigioso terrón de silicón o galena sensibilísima se repartía equitativamente entre los cofrades de la reducida hermandad radiófila!…

Los elementos escaseaban y los aficionados realizaban proezas para conseguir uno que otro condensador variable, auriculares, etc. Uno de los métodos adoptados consistía en encargarlos a los radiotelegrafistas de los buques norteamericanos que llegaban a nuestro puerto quienes, al regreso del próximo viaje, traían el material pedido.

Por este conducto se recibieron los primeros audiones «Audiotrón» que substituían en casos especiales al detector de cristal. La lámpara maravillosa hizo su presentación en nuestro país y corresponde a los aficionados el honor de ser quienes primero la utilizaron en la Argentina, anticipándose a las estaciones oficiales, siempre retardadas en la adopción de los perfeccionamientos técnicos. De las lámparas receptoras se pasó a las transmisoras. Los arcos o «chispas de alta frecuencia» fueron abandonados poco a poco.

En una tarde memorable, a principios del año 1920, se reunieron Mujica, Romero, Guerrico y Martínez Seeber en la estación de este último y tomando como base las indicaciones proporcionadas por revistas norteamericanas iniciaron la tarea de hacer oscilar una lámpara De Forest con 440 volts en placa.

Después de unas horas, el primer transmisor radiotelefónico a base de lámpara osciladora quedó definitivamente en funcionamiento.

La primera comunicación la realizó Martínez Seeber con Carlos Degiorgi quien no salía de su asombro al oir la voz del primero con una claridad asombrosa sin los ruidos clásicos del anticuado arco. La modulación se realizaba colocando el micrófono directamente en serie con la derivación a tierra.

Señor Horacio Martínez Seeber. Uno de los primeros y más rápido aficionado radiotelegrafista.

Y así llegamos a la fecha gloriosa del 26 de agosto de 1920. «Parsifal» de Wagner representada en el teatro Coliseo fué propalada por el éter.

Por primera vez en el mundo se transmitía una ópera por radio. La noticia se extendió como reguero de pólvora y la voz de orden «levante su antena» tuvo eco en millares de hogares. Se había iniciado la era del «broadcasting».

La idea de instalar un transmisor en el teatro Coliseo surgió en una reunión realizada por algunos aficionados en casa del doctor Susini; y así, sin otro propósito que el de llevar a la práctica una bella idea, «los muchachos del Coliseo» se dieron a la tarea de instalar un pequeño transmisor en una de las dependencias del teatro que funcionó por primera vez en la fecha mencionada con el consiguiente asombro de los pocos que pudieron disfrutar lo que entonces se consideraba algo fantástico.

Las transmisiones de los espectáculos del Coliseo continuaron en forma permanente y la potencia de su emisor que al principio era sólo de 5 watts fué aumentando con el consiguiente agradecimiento de los oyentes.

Señor Ovidio Carpinacci. Aficionado broadcaster de los primeros años.

Los entreactos de esas transmisiones eran amenizados por las transmisiones de selectos discos fonográficos efectuadas desde la estación de D. Juan Quevedo y D. Ovidio Carpinacci, quienes con su complaciente benevolencia mantenían activo el interés del oyente y contribuían al aumento de aficionados que se convirtieron luego en técnicos que hoy hacen honor a nuestra patria.

Es meritoria también en este sentido la labor desarrollada por D. Gino Bocci, propietario de la famosa estación «500» cuyos programas dominicales de broadcasting eran justamente apreciados en una época en que el éter sólo se hallaba poblado por las
pocas transmisiones de aficionados.

Señor Rodolfo J. Evers. Este hermano mellizo de Manuel, es también mellizo en aficiones: tiran en yunta.

Luego vinieron los broadcastings comerciales que hoy día llegan a saturar la atmósfera con sus fundamentales y armónicas de todas las frecuencias imaginables.

Otro hecho digno de destacarse en esta rápida mirada retrospectiva es la fundación del Radio Club Argentino, primera institución nacional que agrupó a nuestros aficionados coadyuvando al conocimiento mutuo de los mismos y al intercambio de ideas que dieron por resultado un mayor perfeccionamiento técnico individual.

El 24 de septiembre de 1921 se reunieron 39 aficionados con el propósito de llevar a la práctica la fundación de una agrupación radiófila.

Poco tiempo después quedó constituido el Radio Club Argentino cuyo primer presidente fue el entonces capitán de fragata Luis F. Orlandini, cuya actuación al frente del Servicio de Comunicaciones Navales en beneficio de los aficionados argentinos lo hizo acreedor de las más vivas simpatías por parte de nuestros «amateurs».

Tres de los cuatro muchachos del Coliseo: César J. Guerrico, Miguel Mujica y Luis Romero. Falta el Doctor Enrique T. Susini.

Pero volvamos a los primeros tiempos. En Buenos Aires no existían negocios de radio y sólo el Bazar Yankee y el rengo Mollajoli importaban de cuando en cuando, algo aplicable a los primitivos aparatos. La guerra europea había restringido la importación y el gobierno argentino, guardián celoso de su neutralidad, prohibió la erección de antenas. ¡Si fuera hoy!.

Una vez, los hermanos Evers entraron al Bazar. Querían comprar galena, pero no se atrevían a solicitarla. Cerca de ellos estaba un señor serio, imponente. Parecía «pesquisa» y ellos temían violar la severa disposición del gobierno. El señor los miraba, casi fijamente, mientras hablaba de radio, y ellos, con los libros bajo el brazo no sabían como ocultar su turbación.

Disimuladamente, ganaron la puerta y… «si te he visto no me acuerdo». Cuando se fundó el Radio Club Argentino, ese señor serio, imponente, fué elegido vicepresidente: era don Juan Quevedo.

Señor Jorge A. Douclout. Otro de los aficionados de la edad heroica. Sabía apagar el alumbrado público.

Y a propósito de sustos. Muchos y muy grandes ha ocasionado la radio a quienes quisieron descubrir sus misterios.

Recordando uno, de marca mayor, como se dice, experimentado por unos jóvenes que cierto día, hace algunos años, dejaron diez cuadras de una calle céntrica a oscuras, mientras la gente salía a puertas y balcones para averiguar lo que ocurría.

Tres estudiantes, que todavía eran «proyectos de aficionados», se pasaban las horas en clase, hablando de radio, caso bastante común hasta hoy. Uno de ellos, Jorge, tenía una revista francesa en que se anunciaba la venta de válvulas para radio!

Poco tardaron en encontrar el medio de hacerlas venir. Llegaron 10. En aquellos días era como tener 10 válvulas fotoeléctricas actuales o 10 automóviles Packard, o 10 cosas imposibles de conseguir. Se hicieron ensayos de recepción y hasta se llegó a probar el reciente circuito Armstrong: las estaciones de barcos llegaban claras y fué memorable la noche en que desde Flores se le dió la noticia a Martínez Seeber, por teléfono de línea, de que se le oía hablar con Mujica… ¡No podía ser tanto alcance… casi 9 kilómetros!.

Al poco tiempo Jorge, Guillermo y Alfredo se preparaban para ensayar un transmisor de cuatro válvulas. Naturalmente el aparato tenía cuatro enchufes para colocar las cuatro válvulas en paralelo, pero los ensayos se hacían con una válvula. ¡No sea el diablo que se fueran a quemar las cuatro en un descuido!.

Iniciados los ensayos en casa de Jorge sin resultado positivo, se llevó el aparato a casa de Guillermo, donde mediante un cable pasado entre las ramas de los árboles, se captaba la energía de la línea del alumbrado municipal… o sea la bonita tensión de 440 volts.

Los dos compañeros iniciaron los ensayos con toda precaución. Alfredo estaba indispuesto y en cama, lo que no le impedía estar recortando, con una tijera, las chapas para un condensador variable, en cuya fabricación era especialista. Al cabo de un rato y en vista del insistente capricho del transmisor en no oscilar a pesar de los 440 volts en placa, se resolvió, de común acuerdo, colocar las cuatro válvulas.

Las caras se inclinaron sobre el rebelde aparatito. Se colocaron dos… ¡nada!; se colocó la tercera… ¡nada!; se colocó la cuar.. . Pumm. Fssss.. . Una explosión bien modulada y la obscuridad perfecta envolvió a los tres futuros técnicos.

Al colocar la cuarta válvula se tocó el filamento con placa y se produjo el cataclismo.

Fueron los protagonistas de este ensayo: Jorge A. Duclout, de 17 años, Guillermo Guntsche, 18 años y 90 kg., y Alfredo Guntsche (casi como espectador), todos ellos actualmente bien conocidos en el ambiente radiotelefónico.

Allá por los años 1920, 1921 y aún en 1922, cuando los más «progresistas» habitantes de Buenos Aires terminaban de construir su aparato receptor o adquirían uno armado, herméticamente cerrado, quizás para ocultar mejor las pocas y ridiculas baratijas que encerraba, constituyendo en todo un perfecto «balurdo» (balumbo, según la Academia), se llamaba por teléfono, con toda familiaridad a Carpinacci, Quevedo o Gaete, con el eterno pedido: — ¿Quiere hacer el favor de pasar un disco para probar mi receptor?.

Y Carpinacci, Quevedo o Gaete, complacían de inmediato sin preguntar quienes eran, sin recordar siquiera que habían empleado su día pasando discos, reemplazados a ratos por miembros de sus familias.

¡Cuánta buena voluntad puesta al servicio de una bella conquista de la ciencia!.

¡Cuánta justicia en recordar a esos precursores, caballeros del ideal!.

El interior tenía también muchos aficionados de voluntad a toda prueba y su actuación merece señalarse con más informaciones y con más tiempo.

Señor Carlos Braggio. Prestigioso aficionado que con su 366 y CB8, conquistó los más ruidosos éxitos.

Don Carlos Braggio, con su famosa «CB8» o «366», merece más que un capítulo, toda una historia.

Verdadero campeón de los DX, fué el primer sudamericano que logró hacerse oir fuera de su patria primero y luego en otros continentes.

Su comunicación con el señor Antonio Cornish, de Valparaíso, el 24 de julio de 1923 en onda de 260 metros, fué una verdadera sorpresa y su comunicación bilateral con 2AC de Nueva Zelandia, todo un acontecimiento, bien justificado desde que alcanzó entonces el record mundial de distancia.

Los sábados por la tarde, domingos y días feriados, el teléfono de su casaquinta en Bernal, funcionaba incesantemente. Braggio satisfacía todos los pedidos, evacuaba consultas técnicas y elegía los discos que su interlocutor anónimo le solicitaba.

Un día de fiesta patria transmitió un programa netamente criollo, con una serie de canciones, cantadas por un aplaudido cantor nacional. El teléfono no calló un momento. Era interminable el llamado de los que querían felicitar a Braggio y una porteña, linda o fea, no sabemos, se deshizo en elogios «por su hermosa voz y por su habilidad en tocar la guitarra!.

Otro día de fiesta patria de Chile, el repertorio fué netamente chileno, incluso una canción pueblera muy en boga entonces y el himno nacional.

Cuando terminó el programa, a la 1 de la madrugada, un caballero, que secundaba las tareas del ministro de Chile en nuestro país, lo llamó por teléfono y después de agradecerle, vivamente emocionado, lo invitó a dar un ¡Viva Chile mie… hermosa patria!.

El lector amable sabrá disculpar las enormes lagunas que acaso note en este largo artículo, pero corto para decir todo lo más importante, escrito al correr de la pluma, sin prolijidad y sin método.

Si la tolerancia se manifiesta en alguna forma, si le gusta saber estas cosas tan recientes y tan antiguas a la vez, como la vertiginosa vida de la radio, volveremos a ocupar estas páginas con datos históricos, anécdotas y alacranerías de todo calibre.

Para terminar reseñaremos alguno de los hechos más importantes de la historia de la radio:

— La primer C. D. del Radio Club Argentino, fundado definitivamente el 21 de octubre de 1921, quedó constituida así: presidente: capitán de fragata Luis F. Orlandini; vicepresidente: don Juan Quevedo; tesorero: ingeniero Teodoro M. Bellocq; secretario: señor Rafael Mastropaolo; vocales: doctor Francisco López Lecube y señores Enrique T. Susini y César J. Guerrico.

Señor Juan Quevedo, [de bigotes], sentado a la derecha en compañía de uno de sus hijos y de los aficionados Blomberg y Frías, Fotografía obtenida eb el año 1921.

— En mayo de 1922 transmitían casi todas las noches alternadamente, los «muchachos del Coliseo», Quevedo y Carpinacci, y poco después Radio Cultura desde el Plaza Hotel con un pequeño transmisor. El de 500 watts fué inaugurado poco después.

— El 4 de septiembre de 1922 se realizó una audición pública de radiotelefonía en el teatro «Cervantes», organizado por la Sociedad Radio Argentina y con el objeto de demostrar al público las bondades de la radio.

— La primer comunicación radiotelefónica dúplex en la Argentina fué realizada en mayo de 1922 por dos de los muchachos del «Coliseo», César J. Guerrico y Miguel Mujica.

— En octubre de 1922 la General Electric C° inicia las transmisiones experimentales del primer transmisor de 1 kilowatt que funcionó después a cargo de la Radio Sud América.

La primer transmisión sensacional fue el desarrollo del match Firpo-Tracey, realizado en la cancha del Club Sportivo «Barracas» y poco después la lectura del primer mensaje presidencial del doctor Alvear.

Señor José M. Polledo. Otro de los incansables broadcasters aficionado.

— Una de las más potentes «broadcastings de aficionados» a fines del año 1922 era la del ingeniero Polledo.

— El 28 de marzo de 1923, probando su nuevo transmisor de 500 watts, Radio Cultura comunicó radiotelefónicamente en dúplex con la primer broadcasting brasileña, que poco después se inauguraba en Río de Janeiro.

—En septiembre de 1923 se inaugura en Buenos Aires la primera Exposición de artículos de radio y días después otra en la calle Bartolomé Mitre entre Florida y San Martín en la cual participaron, además de los comerciantes e industriales de aquel entonces, los Ministerios de Guerra y Marina, y la repartición de Correos y Telégrafos.


Fuente:

  • Revista Telegráfica, Buenos Aires, Argentina. Setiembre de 1928.
Esta entrada fue publicada en 1928, Argentina, DX, DXistas, gramófono, Los principios, Música, Notas de prensa, radio, Radio Aficionados y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a «La edad heroica de la radio en Argentina». (Segundo Argos, 1928).

  1. Muy Bueno el articulo LU4DKH. San Pedro Buenos Aires también tuvo su radio en aquella época.
    En su edición del 4 de octubre del año 1925 decía el periódico «El Independiente»: “Transmisiones locales por radio – La estación denominada “DT4” autorizada por el Ministerio del Interior de la Nación, con un radio de alcance de 200 kilómetros y que dirige su propietario Sr. Rodolfo Sein, inició el martes pasado un nuevo programa de audiciones.

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