«En la radio hay astros que el público no conoce». Semblanza de Dante Tartaglia, Jefe Técnico del SODRE, por Ignacio Domínguez Riera, en «Mundo Uruguayo», 1935.

En la radio hay astros que el público no conoce.

En la radio ocurre como en todas las cosas. Hasta en mineralogía: el metal en estado nativo no se encuentra suelto, hay una ganga que lo recubre, que le pone, a cubierto de la oxidación, que lo preserva de los agentes exteriores para entregarlo, en toda su pureza, al buscador. Y éste, no se preocupa para nada de la ganga protectora; va derecho a lo que le interesa, que es el metal.

En radio, el oyente -se preocupa de lo que sale por el parlante cuando, ha dejado quieto su sintonizador en el dial. Le interesa el artista, el comentarista, la orquesta. La figura del técnico que cuidó esa transmisión, que le preservó cuidadosamente de todas las fallas, que le trazó el camino, que le dió fuerza y poder para llegar y mantuvo su calidad, esa figura se esconde y se oculta, no se ve ni se piensa en ella; queda al margen.

Únicamente los que viven la radio por dentro, en su total significación, conocen la importancia de la profesión, tan importante como que es el resorte principal, que es el eje, que es el pivote sobre el que gira toda la organización.

Por eso es que hoy quiero romper una lanza por mi compañero, por mi buen compañero, el técnico. Es el silencioso compañero de todos nosotros, los que trabajamos micrófono adentro y que tantas veces nos hemos olvidado de él, injustamente.

Y ya que se trata de hablar de un técnico, de nadie mejor que de  Dante Tartaglia, el jefe técnico del SODRE, figuras sobre cuya capacidad no hubo nunca discusión en el ambiente de radio y que, sin duda alguna, por la calidad de sus trabajos, su inteligencia y disciplina en el estudio, es una de las figuras más relevantes del continente.

Estudió pacientemente y su puesto en la estación radiotelegráfica del Cerrito no fue otra cosa que un impulso nuevo y la posibilidad de mayores experimentaciones. Pertenece a la región de los que trabajan el silencio sin ostentaciones. Y mientras tanto se encumbran y una halagadora popularidad lo rodean, Tartaglia es apenas conocido. Los únicos que saben de su existencia son aquellos especializados que necesitan un consejo de valor, cuando todos los otros consejos no sirvieron.

Cuándo se creó el SODRE, Tartaglia ganó por concurso su puesto de Jefe Radio Electricista de la estación. Trabajó allí incansablemente perfeccionándola hasta lograr de ese kilowatt  el máximo de rendimiento. No se detuvo allí; planeó y realizó en  ventajosas condiciones de economía, el aumento de potencia a cinco kilowatts, sin asesoramiento extraño. Y más tarde volvió lograr el aumento de poder, llevando a CX6 a 10 kilowatts, operaciones estás que se llevaron a cabo con personal del SODRE bajo su dirección inmediata. En estos momentos, Tartaglia está trabajando en la realización de dos proyectos que acarició siempre con singular cariño: la construcción de una estación de onda corta para toda la América del Sur y la reforma de los Estudios del SODRE. La institución oficial nombrada, teniendo en cuenta los meritos de su funcionario le ha dado la jerarquía merecida de jefe técnico de la organización.

Naturalmente que, además Tartaglia tenía algo poderoso de su contra, para que nadie se ocupase de él, porque Tartaglia es uruguayo y no salió nunca del país. Y para peor, es modesto. Como quien dice, se le junto todo…

Hace ya unos cuantos años, no muchos, un purretito que mataba sus ratos correteando por las calles polvorientas de Sarandí Grande, se quedó serio en la mitad de una carrera y se puso a pensar. Esos raptos de abstracción de los pebetes siempre conducen a algo. Y a ese chiquilín le dio por pensar en una cosa que era asombroso que ocurriese. Le dio por pensar en  la electricidad, en los fenómenos de la telegrafía en todo aquellos que se relacionase con esa ciencia que compensaba en su espíritu infantil la necesidad de misterio que no le saciaron los encantados cuentos de Grimm y de Perrault.

Y por aquellos lados andaba el chiquilín, construyéndose aparatitos de telegrafía con escarbadientes y barritas de hierro. Tenía la vocación por designio de Alguien contra el que no podía. Y toda su disciplina de estudio, la orientó en ese sentido.

Tartaglia. – que no era otro el chiquilín físico de Sarandí Grande. – es un hombre que se hizo sólo. Tal vez por eso sea modesto. Ha aprendido en la sincera escuela de la vida el exacto valor de las cosas, con la misma fijeza con que mide los valores de un amplificador. Se hizo sólo, aprendiendo una ciencia y una técnica que se iniciaban en unos días dónde apenas sí se conocían las alternativas en el inconcebible progreso que se fue creando en el transcurso de pocos años.

Hay sin embargo una circunstancia especial que ha de halagar seguramente a este capacitado elemento de nuestra radiotelefonía: el ministro de Inglaterra señor E. Millington Drake, en conocimiento de la valíad de Tartaglia, le ha invitado  especialmente, a fin de que realice un viaje a Londres; y allí, en contacto con los técnicos de la British Broadcasting Corporation  estudie los problemas que ofrece la radiotelefonía oficial.

Creo haber dicho alguna palabra merecida con respecto a Dante Tartaglia. No porque él lo necesite, pues es de los que trabaja por un íntimo deseo de superación, ajeno a lo que pueda obrar como estimulante, sino como una expresión de sano orgullo patriótico; para quién, luego de un recorrido penoso, ha llegado al cumplimiento de una aspiración que antes le habrá aparecido quizá demasiado grande: representar al Uruguay en un Congreso Sudamericano de Radiotelefonía. El pibe que jugaba a la telegrafía, dijo sus palabras últimamente en Buenos Aires, en el reciente Congreso, y se le escucho con el respeto que provocan los conocimientos cuando éstos se logran por los verdaderos caminos de la disciplina y de la vocación.

Ignacio Domínguez Riera.


  • Publicado  en «Mundo Uruguayo», Montevideo, Uruguay, mayo 23 de 1935. Año XVII- Nº 839. (Archivo Horacio Nigro Geolkiewsky/LGdS).
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