Este listado fue publicado en la revista publicada en Argentina «Radio Chassis Televisión», Nº 258-259, de setiembre de 1959.
La Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia, se fundó en 1908, por el entusiasmo emprendedor del asturiano don José Menéndez, fusionándose su casa de comercio y la de Braun y Blanchard. El propósito fue el de «aportar elementos de trabajo para facilitar el desarrollo de las múltiples riquezas que guardaba el suelo casi inexplorado de la Patagonia».
Hasta el 30 de junio de 1918 funcionó como sociedad chilena, quedando incorporada desde esa fecha como sociedad argentina.
Su movimiento de expansión fue enorme. Hacia 1920 tenía instaladas a lo largo de la Patagonia 27 casas de comercio, cuyo sistema liberal de créditos a los pobladores e industriales supo constituírse en «el factor más eficaz para el desarrollo de las energías productivas, resultando así la Sociedad Anónima una poderosa palanca de prosperidad para esos lejanos territorios».
Con un criterio altamente previsor, surtió al poblador de aquellas aisladas regiones de cuanto necesitaba para las exigencias del hogar y del campo. Todos los elementos que la vida y el trabajo demandan se encuentran en cualquier casa de las instaladas por la Anónima, algunas de ellas en puntos lejanísimos, en una soledad de 40 o 60 leguas a la redonda.
Para mejor facilidad de sus operaciones y más engrandecimiento de sus surtidos, estableció oficinas de compras en Barcelona, Nueva York, Berlín y Punta Arenas. Inclusive consolidó una flota naviera con cinco vapores. Esta flota se inició en el año 1913 con los vapores «Asturiano», «Argentino’ y «Atlántico» y posteriormente se agregaron otras.
La sociedad que nos ocupa tenía sucursales en los puntos siguientes:
Río Gallegos, Lago Argentino, Santa Cruz, El Paso, San Julián, Pto. Deseado, Las Heras, Lago Buenos Aires, Comodoro Rivadavia, Kilómetro 8, Pto. Madryn, Pirámides, Trelew, Esquel, Tecka, Ñorquinco, Talagapa, San Antonio Oeste, Maquinchao y Huahuel Niyeu. (¹)
Fuente:
Datos sobre «Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia». «La Patagonia Argentina», pp.159-162, 1924 en patlibros.org.
Ilustración gráfica: Cortesía del Sr. Carlos Gallego, Argentina, especialmente para LGdS.
Un elogio científico de la galena no está al alcance de todos los mortales. Un elogio «camelístico» de la galena en complicación con el Espasa es más hacedero. Un elogio honrado y un tanto lírico, sin grandes pretensiones literarias, modestito, con cierto tufillo de sentimentalismo burgués, tiene alguna probabilidad de acierto.
Vamos, a rechazar las dos primeras tentaciones. No empecemos con la fórmula abrumadora: SPb, (S, 13, 89: Pb, 86, 61), ni recordemos que empleada en las alfarerías para barnizar las vasijas de barro y darles apariencias porcelanescas es—según el enciclopédico — «digna de tenerse en cuenta por los envenenamientos que ha producido mediante los alimentos ácidos que tales vasijas contenían».
Para nosotros, la galena no tiene otros usos que el importantísimo que le asigna su papel en los aparatos receptores. No es un mineral, o, mejor dicho, no nos importa que lo sea. De todas sus aplicaciones sólo una nos interesa. Y aún así… conviene que no nos hagamos un pequeño lío.

De todos los elementos que componen un aparato receptor corriente y moliente, sin grandes complicaciones técnicas ni decorativas, la galena es el único que merece un elogio por la importancia de su función, por su simplicidad y por la probidad con que llena su cometido.
Bornas, reóstatos, amplificadores, etcétera, tienen un aspecto orgulloso e intolerable.
Un modesto tornillo, en cuanto está bruñido, adquiere una apariencia antipática y parece decirnos: «Aquí estoy yo; ¡atrévete conmigo!».
No digamos cuando se reúnen dos tornillos unidos por un simple hilo de cobre. Aún en este estado rudimentario de la organización mecánica, ofrecen una hostilidad agresiva. Si los tornillos son tres y llevan consigo alguna tuerquecita, forman ya un conjunto de formidable superioridad. No importa que estos tres tornillos sean una parte insignificante de un todo ciclópeo.
Adquieren y reflejan el orgullo del conjunto, y cuando un mísero mortal detiene en ellos sus miradas, parece que lo dicen —en alemán, naturalmente — : «Mira: -si no eres ingeniero, háznos el favor de fijarte en otra cosa».
Esta conciencia de superioridad que tienen las cosas o que nosotros les concedemos, que viene a ser lo mismo, establece una jerarquía muy parecida a la jerarquía de los hombres. Un motor no puede ser una cosa insignificante, aun cuando le encontremos insensible y polvoriento en el cuchitril de un trapero. ¿Hay, en cambio, algo más inofensivo que un cepillo?.
Quiérase o no, esta fisonomía de las cosas rige en muchos ocasiones al orden de nuestras ideas y nos hace preferir una silla entre varias sillas, un cuchillo en vez de otro, y, acaso, estas preferencias no son tan pueriles como a primera vista parecen. 
En el conjunto desconcertante de un aparato receptor, sólo la galena sostiene su condición de mineral vulgarote y despreciado.
Es una piedrecilla inútil, hasta un poco sucia. Se entristece entre los garfios de cobre que la aprisionan; ofrece millares de puntitos rutilantes a la aguja cruel, que busca sus átomos sensibles; permite que el inquieto radioyente la coloque a su antojo, cuándo de un lado, cuándo del otro, y en cualquiera de ellos resiste las feroces acometidas del detector, que la araña, la punza, elige rencorosamente el punto en que puede hacer más daño…
La galena no salta como el hilo en tensión, ni falla como la muesca cansada. Si alguna vez se empaña su superficie, un baño de alcohol la devuelve toda su eficacia.
Cuando Ricardo Urgoiti, ante los toneletes de vidrio rellenos de luz donde se dan importancia las corrientes que sirven de vehículo al sonido y se consuma el matrimonio de la mano izquierda entre la fuerza humilde y la fuerza poderosa, que han de salir unidas al espacio, me explicaba la importancia de la galena y su misteriosa misión filtradora, no pude menos de explicarme mi simpatía por el pedrusquito generoso.

Sin desplantes ni jactancias metálicas, con una insignificancia aparente, maravillosa, la galena destruye toda la aparatosa composición del receptor y consuma la misión esencial de volver a su natural estado a aquella corriente limitada que lleva en el frágil temblor de una garganta de mujer o la queja levísima de una rubia cuerda de violín.
Como es de suponer, no me atrevo a catalogar técnicamente la misión de la galena. Líbreme Dios de las camisas de once varas. Y por el mismo temor a lo que me viene holgado, me abstengo de otro género de consideraciones, porque, en definitiva, puede ser que la galena no tenga la importancia que yo le doy ni es justo que yo pretenda darme importancia a cuenta de la galena.
Rafael Álvarez
Revista «Ondas», España, 1927.
Un curioso raid de Rosario, Provincia de Santa Fe a Buenos Aires, en la República Argentina. En bicicleta, alla por 1938, oyendo radio .
Publicado en la revista «El Gráfico» de aquel año.
Agradecimiento:
El recorte fue remitido a LGdS por nuestro lector Sr. Carlos Gallego, en Argentina. ¡Muchas gracias Carlos!.
Grandes pendientes de plata sólida tibetana, con micrófonos forjados artesanalmente.
Curiosas son estas caravanas, hechas con válvulas de radio, año 1956:
En mis primeros tiempos de radioescucha y Diexismo, cuando aún ni audífonos tenía para escuchar la Onda Corta en un humilde pero chillón receptor de radio a transistores, adquirí la destreza de apantallar con mis manos mis pabellones auriculares, de forma tal que la superficie de mi orejas aumentara con la adición de mis manos pegadas a ellas.
El sonido se amplificaba aún más, dándome mejor oportunidad de prestar atención, en mejores condiciones, la posible y esperada identificación de la emisora.
Eso no era todo: al poco tiempo, casi instintivamente, desarrollé la habilidad de mover los dedos de forma tal que doblando mis orejas, u obturando en forma regulada el orificio auricular externo podía inclusive eliminar el sonido molesto de las heterodinas, u otras interferencias, actuando como un atenuador de ciertas frecuencias de audio no deseadas. Una suerte de filtro de audio analógico y natural.
Las siguientes expresiones artísticas hablan por sí de la importancia de la oreja en la Comunicación oral. Que para los radiómanos es fundamental. Y si no que le pregunten a aquellos aficionados que alguna vez fundaron en algún país de Centroamérica, por los 70s, un club de radioescuchas llamado: «Los Radio-Orejudos».

Broche metálico de cinturón. 1976. «Got your ears on?». Conejo con micrófono y aparato de radiocomunicación de Banda Ciudadana. En venta en eBay, «Vintage USA». USD 17,oo.

«‘Cuchá, ‘Cuchá». Graffiti en un poste en una calle en Barra de Valizas, Rocha, Uruguay (2014, foto Horacio A. Nigro, LGdS)

Este emisor alemán ha sido escuchado y confirmado en Uruguay con una tarjeta similar a la de esta imagen. Fuente: http://www.mwcircle.org/

Fuente: http://www.radioheritage.net
Juego de tablero de mesa de los años 30. «Radio», fue comercializado en Alemania por la firma Clover. Con tablero de cartón y fichas con figuras esmaltadas, planas, de plomo.


Completo en su caja, tiene las instrucciones en el interior de la tapa de la caja. En buen estado de conservación, con desgastes propios en la caja propios de su uso y antiguedad. La caja mide aproximadamente 8 1/4 x 11 3/4 pulgadas. 
Visto en eBay a un precio de USD 195,oo.