«Der Radionist». («Pequeño burgués junto a Ia radio»). Kurt Gunther, 1927.


Kurt Günther (Alemania, 1893-1955), fue un pintor alemán que experimentó artísticamente con el expresionismo, el dadaísmo y el realismo.

Después de terminar la escuela secundaria en 1913,  estudió en la Escuela de Artes Aplicadas de Dresde, contando con Otto Dix (de la misma ciudad natal de Günther, Gera) y Otto Griebel, como compañeros de estudios.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, fue llamado al servicio militar. Sirvió en la Fuerza Aérea, hasta que fue relevado en 1917 debido a una tuberculosis grave.

Su situación económica le permitió buscar tratamiento para la enfermedad en Davos (Suiza), donde conoció a Ernst Ludwig Kirchner.

Regresó a Dresde en 1919 y continuó sus estudios en la Academia de Arte, donde tomó  clases de pintura con Richard Mueller.

Se casó en 1922 y se mudó a Bad Reichenhall. Cuando se separó, regresó a Gera. En los círculos artísticos e intelectuales de la ciudad, Günther rápidamente encontró aceptación y reconocimiento. Entre 1929 y 1931 estuvo en París, y estudió en la Académie de la Grande Chaumière.

A su regreso a Gera, provocó un escándalo debido a una pintura que representa a una niña rubia en los brazos de un trompetista de jazz negro, que se exhibió públicamente en un escaparate, y fue removido por las autoridades.

Después de que los nazis tomaran el poder en 1933, Günther se sometió a registros domiciliarios y se le prohibió exhibir. En 1937, once de sus obras fueron retiradas de los museos alemanes como «arte degenerado».

Sus últimos años fueron marcados cada vez más por la enfermedad y la depresión. En sus trabajos posteriores, los paisajes adquirieron un papel cada vez más dominante.

Murió en 1955. ¹ 

«Der Radionist», está pintado con témpera sobre tabla, 55 x 49 cm, Staatliche Museen zu Berlin, Nationalgalerie, Alemania. 


Fuente:

Agradecimiento:

  • Rodolfo Tizzi, CX2ABP, ‎Profesor de Historia – ‎Consejo de Educación Secundaria, Uruguay.
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Américo Torres, locutor uruguayo de la TV.

El caballero Américo Torres, de …[afiatada y excelente] dicción, dejó en la memoria popular de la teleaudiencia uruguaya, sus legendarios avisos de televisores Philips. ¹

La alegría llega sola, encienda su Philips y mire cómo florece su imaginación, enciéndalo!” ²

Conductor de «Noches Brillantes» en Monte Carlo, TV Canal 4, que como todos los programas se transmitía en vivo. Américo Torres fue todo un señor de la televisión. «Noche Brillantes» se emitía los domingos en la noche y generalmente pasaban una película o algún especial. ³

En la edición del 10 de agosto de 1964 del Semanario «Marcha», Montevideo, una nota editorial firmada por un crítico de iniciales E.R. hizo laudatorios comentarios a la labor profesional del recordado locutor.

Puede apreciarse el recorte a mayor tamaño, haciendo clic sobre la imgen, para abrirla en otra ventana de su navegador. Pero, para facilitar aún más su lectura, transcribimos a continuación el texto, en su totalidad.

Esta página es poco dada al elogio. Creemos que —sobre todo en ciertos campos de la televisión— estamos en la etapa de la construcción y sería muy mala técnica otorgar calidad de solidez y permanencia a materiales endebles. Si engañándonos, engañándolos y tratando de engañar al público pretendemos construir con ellos lo duradero de nuestra TV, lo que ha de jerarquizarla y distinguirla, sólo conseguiremos figurar como cómplices en el proceso a su caída. Nuestra posición, pues, está fijada por ese espíritu: nuestra cuota de elogio se ve limitada por la propia e indigente escasez de material elogiable. Esa pobreza es particularmente sensible en el gremio de la locución comercial. Tal vez es la más evidente. porque es la que da la cara; y hay otras fallas que se disfrazan detrás del aparato técnico que las escamotea al televidente común. Pero lo cierto es que en la locución comercial pululan elementos regulares, mediocres, malos y hasta algunos que es increíble que actúen ante las cámaras como no sea por razones de parentesco. Cualquier explicación es buena para lo inexplicable. (1)


(1) Para evitar suspicacias, aclaremos desde ya que jamás hemos inscripto en el rubro de locución comercial a Mílton y Raul Fontaina (h).


Lo más afligente para el desapasionado frecuentador de estudios de TV es la falta de conciencia profesional que existe entre ellos y ellas. Parecen no darse cuenta de dos cosas que son fundamentales; la primera es que los miles de pesos que están invirtiendo en esos
programas los comerciantes e industriales, van a desembocar en el anuncio y que, por lo tanto, deben hacerlo de la mejor manera posible, en la forma más persuasiva y vendedora de que sean capaces. estudiando cuidadosamente los argumentos del texto que deben memorizar y enfatizándolos en la justa medida para que rindan toda su eficacia; la segunda, es que se están presentando ante muchos miles de personas de cuya simpatía y adhesión, depende su éxito y el éxito de su carrera. Y esto no se consigue con “caritas» y sonrisas estereotipadas.

Por eso nos complace destacar hoy la presencia de un auténtico profesional de la locución comercial, un hombre que ha aplicado incansablemente su inteligente espíritu de observación, su cultura, su severa autocrítica y un estudio constante a obtener la perfección de su trabajo.

Estamos hablando de Américo Torres. Es cierto que Torres posee condiciones naturales de simpatía y voz, pero esas condiciones representan solamente la base sobre la cual su disciplina personal ha edificado cuidadosamente el delicado andamiaje sobre el cual reposa firmemente una actuación correcta, convincente, impecable. Sin apelar a trucos de dicción o énfasis, naturalmente, los anuncios de Torres extraen al texto publicitario el máximo de su eficacia e incluso lo mejoran mediante un acertadísimo empleo de pausas y ritmos, apenas perceptibles pero que han sido prolijamente ensayados por el locutor. Cuando se encuentra en un estudio, Torres no descansa: se le puede ver repasando su texto en voz baja, buscando los mejores efectos y una vez que los consiguió, los repite todo lo necesario hasta fijarlos bien en su memoria. Es exigente consigo mismo y tiene una severa conciencia de su profesión. Más de una vez se ha negado —perdiendo dinero y clientes— a decir determinado texto porque el excesivo número de palabras le impedía interpretarlo correctamente.

Deliberadamente no hacemos comparaciones ni damos nombres que quizá desvirtuarán el objeto de esta nota, pero sí podemos hablar de modalidades. Hay locutores que más que vender el producto aprovechan el espacio para venderse a sí mismos; demostrar qué simpáticos son o qué facilidad de palabra tienen, olvidándose que amontonar rápidamente palabras no significa siempre decir algo o qué «canchero» son frente a la cámara. Torres ha conseguido un justo límite dificilísimo; sin abdicar de su personalidad, le entrega al producto que vende, su natural sitio de «vedette» del anuncio.

Cuando está vendiendo un televisor los argumentos de venta llegan en primerísimo plano al televidente y sin embargo el público no pierde de vísta a Torres que, hábilmente, no llama la atención sobre su persona sino sobre el producto. Una pausa más marcada, un gesto más definido, un ademán menos sobrio, invertirían los términos: Torres sería la «vedette» y el producto pasaría a segundo plano, pero nuestro hombre ha sabido encontrar, y lo mantiene, ese justo límite que es lo perfecto en la locución comercial: el convincente intérprete del texto, al servicio de la venta.

Si hemos analizado con cierta minuciosidad el trabajo de Torres ha sido porque esperamos obtener dos efectos constructivos: efectuar una disección fácilmente comprensible de las responsabilidades que entraña ese aspecto de la televisión y —lo esperamos conseguir— que, aunque sea a hurtadillas, muchos de los iniciados, otros que recién se inician y los que esperan iniciarse en la locución comercial, estudien un poco la actuación de Torres y entiendan el por qué de su corrección, trabajo, contracción y disciplina. No se puede jugar con los pesos, a corazón alegre.

E.R.


Agradecimiento:

  • Mario Filippini, España, quien gentilmente aportó el recorte de prensa del artículo de “Marcha”.
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Porcelana, cerámica y radio.

Perrito de los 101 Dalmatas de Disney, figura de porcelana. W.S-P.O.T, por Princeton Galleries 1994, Inglaterra. (En eBay)

Tetera de porcelana con forma de receptor de radio. Francia.  20 cm x 9 cm x 13 cm  (350g). (En eBay).

Niño músico con violín o guitarra, escuchando la radio portátil. Porcelana Lladró, Valencia, España. (En eBay).

Pequeña tetera de cerámica Cardew, de la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra, 4.5 cmde alto, estilo art deco 1930s /1940s. (En eBay).

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Niña telefonista. Juguete de hojalata. (Japón, 1950).

Raro y curioso juguete de lata, japonés, de los años 50. Telefonista que mueve los brazos y la cabeza, en cuanto las luces de la central telefónica de encienden, como si estuviese haciendo la conexión de las líneas. ¹

Fabricado por Line Mar, esta empresa fue fundada en la década de 1950 como filial de fabricación e importación del exitoso fabricante estadounidense de juguetes Louis Marx & Co.

La empresa japonesa fue responsable de las relaciones de fabricación y distribución en el extranjero que implican la importación de juguetes mecánicos y operados con baterías, fabricados en Japón. ²

Aquí, una en funcionamiento:

 

 


Fuentes:

  • ¹ Colección Andreas Triantafyllou, Pocilga! Objetos Inusitados, San Pablo, Brasil.
  • ² Artículo en Worthpoint. Allí se afirma que el valor para una pieza similar se estimó  en USD 525,00!!!. Vendida en remate público en 2012 .

Más:

  • Videos de otros juguetes de Line Mar, en You Tube

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Violinista. Aviso publicitario de Philips Radio. (1927).

Anuncio publicitario publicado en 1927 para Philips Radio, representando un violinista.


De la Colección John Okolowicz de publicaciones y avisos publicitarios en radio y electrónica de consumo , en Hagley’s Audiovisual and Digital Collections. 

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«Las Noches de Ortega». Cadena SER, España. Tres desopilantes episodios.

Juan Carlos Ortega Moreno (n. Barcelona; 18 de diciembre de 1968) es un humorista español que ejerce su profesión en radio, televisión y prensa.

En la Cadena SER, tiene un espacio llamado «Las noches de Ortega», dentro de la programación de Oh! My LOL.

Ayudándose de sus propias voces, entrevista, dialoga y reflexiona con seres aparentemente reales y sencillos.

En 2016 se le concedió el Premio Ondas por su trayectoria profesional. ¹

El estilo de Ortega y colaboradores, raya en lo surrealista, y el propio presentador lo define de esta manera: “una parodia a los programas nocturnos, de llamadas y búsqueda de compañía, en los que el locutor vanidoso es como el salvador de todo”. “Será como un Hablar por Hablar pero dirigido por alguien sin sentido común, al que los oyentes que llaman están locos”, asume. ² 

En los siguientes tres episodios, elegidos arbitrariamente por LGdS  y de distintas fechas, se puede apreciar la manera en que con un humor especial, realiza una parodia de los lugares comunes que identifican a los programas radiales de la madrugada. Espacios que con la conducción de un hábil conductor, han estado orientados a esa audiencia insomne, con mensajes directos y recogiendo llamadas de los propios oyentes. 

«La Radio», emitido el 10 de marzo de 2018.

 

«Con sentido metafórico». Programa 16 de la primera temporada.  (1×16 ) , emitido el 3 de julio de 2015.

 

«La Seducción», emitido el 30 de octubre de 2015.

 

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Plaza Sésamo: Los marcianos descubren una radio.

Plaza Sésamo es una serie de televisión educativa, adaptada de Sesame Street y destinada al público en edad primaria de América Latina. Pionera en la televisión educativa contemporánea, este se convierte en la serie educativa más popular de todos los tiempos, la serie se empezó a transmitir en la televisión por primera vez en el año 1972 ¹

Los marcianos, a veces llamados «los Yip-Yips», son visitantes interplanetarios, supuestamente del planeta Marte, que están aterrorizados por cosas como relojes, teléfonos y computadoras en Plaza Sésamo. Raramente se encuentran cara a cara con otros personajes en el programa.

En sus sketches, estas criaturas, con tentáculos de calamar, ojos grandes y antenas, se materializan en una habitación y conversan entre sí en su lengua materna: «Yip-yip-yip-yip … Uh-huh. Uh- eh«, hecho en voces monótonas. A menudo se topan con objetos comunes y, curiosos en cuanto a sus nombres y funciones, los marcianos consultarán un libro que supuestamente contiene información sobre cosas en la Tierra, aunque a veces hacen varias conjeturas incorrectas basadas en su libro. En una obra de teatro, por ejemplo, los marcianos llaman a una computadora una televisión y una máquina de escribir antes de decidir qué es en realidad.

Múltiples intérpretes se han enfrentado a los personajes, incluidos Jim Henson, Frank Oz, Jerry Nelson, Richard Hunt, Camille Bonora, Martin P. Robinson, Kevin Clash, David Rudman, Julianne Buescher, John Tartaglia, Eric Jacobson, Matt Vogel, Leslie Carrara. Rudolph, Stephanie D’Abruzzo y Warrick Brownlow-Pike.

Debutaron en 1971 y los primeros títeres eran originalmente sombreros de chenille, adaptados por Caroly Wilcox. ²

En este episodo, el Nº 1449 de la 12ª temporada, emitido en noviembre 27 de 1980,  los marcianos, descubren una radio. Sintonizan tres estilos diferentes de música, ninguno de los cuales les gusta. Luego sintonizan un poco de estática, con la que comienzan a bailar alegremente. ³

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«Solfa Maligna». Waldemar Prömmel, (Argentina, 1927).

Hacia 1927, al cumplirse el quinquenio y en el florecimiento del nuevo medio, la Radiotelefonía, ya alcanzada suficiente pero siempre creciente popularidad, con la consolidación de una  audiencia fiel y estable, habrá de generar las primeras críticas en cuanto a una crisis ético y moral en los contenidos programáticos, donde la discutible calidad  que estaban ofreciendo en ese momento las «broadcastings» es puesta en evidencia.

Se transcribe un comentario aparecido en marzo de 1927, la Revista Telegráfica, con la firma de Waldemar Prömmel.

Las llamadas «LO», letras distintivas -en ese momento- de las estaciones de radiodifusión en Argentina, con contenidos chabacanos amparados en criterios comerciales, merecen, a juicio de este comentarista, una reacción ante el evidente menoscabo de valores éticos y sociales.

(Nota: las ilustraciones son contemporáneas de la prensa de aquellos años, aunque meramente referenciales).

Desde más de un quinquenio evoluciona entre nosotros el broadcasting; bien puede hacerse, pues, un pequeño balance para conocer el saldo líquido que haya dejado en pro o en contra del progreso y cultura nacionales.

Si — como consta desde luego —ingentes fueron los esfuerzos de nuestras L.O., es inegable que los del pueblo fueron mucho mayores, porque a éste le guía un ideal estético y científico, y a aquéllas un interés. Pero por infortunio, el interés es siempre corruptor en algún sentido o dirección, sin el norte de algún ideal, y sin la guía de un sentimiento superior, cuya falta lo lleva a la quiebra moral o material.

A la larga, el interés queda sin satisfacer; y la amplia estela que deja, es de pura negación.

Parece que se sufriera de una gran confusión de conceptos — disculpables si se quiere al principio de una tan sorprendente innovación como lo fue la radio, en la liberación general humana. Pero no hoy, pasado el primer estupor, y generalizada la nueva conquista del saber.

Como primer concepto falso conviene señalar la creencia de ser la música, casi con exclusividad materia de difusión, como si nada más que música hubiera producido el ingenio humano ascendente. La venganza del error no pudo demorar, y siendo la más inferior de todas las artes, por dirigirse en hombres y animales directamente al sentimiento, sin antes pasar por el filtro del entendimiento, arrastró bien pronto en su decadencia a la poesía.

Parece haberse creído que en música no hay gradaciones de calidad, y ya lejos del clasicismo, se echó manos cada vez más de lo inferior, primero irritante, y luego chocante para llegar hoy a lo directamente reprochable.

Las manifestaciones primitivas — malsanamente pasionales — del arrabal; los lagrimones de los malevos lloricones, los lamentos de mesalinas en preparación, el sensualismo africano, no pueden pasar por música ni engalanarse de poesía; y siendo mayormente importados, izan nuestra bandera nacional a pura traición, como si no se supiera que en la limpia alma nacional no tienen cabida tales impurezas, ni la ruindad, ni la perversión ni la lujuria, por ser esta alma nacional esencialmente limpia en su origen ético, histórico y social.

El interés del aviso — muy aceptable, útil y agradable dentro de una mesura normal — y que parece ser causa directa de tan grande desvarío, no debe seguir cobijando tanto desacierto. Además, se equivoca grandemente, porque el dial tan fácilmente rotatorio, pasa con repulsión encima de lo antiestético, en persecución del eterno ideal y de lo eternamente bello.

La muchedumbre, buscada por tal medio ruin, da la espalda al aviso; y aún si así no fuera: en nuestra injusta organización social, esa misma muchedumbre carece de poder adquisitivo, que permanece siempre con la clase media y la superior, que tanto sufren bajo la imposición de todo lo bajo e inferior, destinado para halagar populachos. La especulación del interés, pues, sobre el populacho, resulta perdedora y errónea.

Pero además de esto, y tras de estar la sociedad en gran deuda para con el pueblo — se comete una nueva injusticia con él, reteniéndole lo bueno y lo superior, para servirle al por mayor un manjar sentimental falso y putrefacto.

Es en nuestro tiempo moderno la segunda instancia, — siendo el cinematógrafo la primera — que por un muy subalterno afán de halagar, se quita a una exquisita invención su gran educador, y la posibilidad de mejorar; está bien para pueblos faltos de toda emotividad; pero está muy mal para el nuestro.

Si los directores artísticos vieran el empeñoso afán, con que el buen pueblo acepta, asimila y agradece todo lo bueno y superior, que alguna vez quieran brindarle, tengo por cierto que no se empecinarían de persistir con tanta exageración en lo vulgar, ordinario, inferior y pernicioso, negándole al pueblo la cultura de corazón y de espíritu.

Ello nos resulta de una injusticia clara, mezclada de sordidez reprochable, porque quieren obligarlo a bañar su alma a diario en un charco de todo lo bajo, de todo lo exótico y de todo lo vil, sin distingo, examen ni criterio. Se olvida que la misma libertad del aire obliga a una severa disciplina propia: se olvida que no hay derecho, so pretexto de halagar a los más, hacer insistentemente obra irritantemente antiestética, y por lo comprometedora, antinacional; y se olvida que los preceptos de la moral y de la belleza — ya sean escritos o no —son eternamente fijos, invariables y duros en todas partes, en toda ocasión y entre todas gentes.

¿Se desengañarán? ¿No se desengañarán? No es posible saberlo, pero es de esperar que la ciencia no les ha de entrar recién por el bolsillo; y con ella el respeto que se merecen en nuestra vida de relación los hombres y las cosas; el respeto que se merece la mujer y el niño, y finalmente el respeto que se merece la Nación, cuyo prestigio intelectual, artístico y sentimental comprometen de manera muy grande en todo nuestro continente, ante quienes están facultados para juzgarlo.

Prescíndase pues, en buena hora, del morbus de esta solfa indigna y maligna, en favor de la calidad; prescíndase de pseudo-música y de quejidos primitivos sobre instrumentos más primitivos aún, en favor de la palabra hablada: el único medio humano distintamente propio, de comunicación y de progreso tan necesario aquí como en cualquier parte, y que al cabo de cuentas, cuesta menos sin irritar tanto al gran auditorio invisible, muy  indignado ya por tanta innoble prepotencia, y cuya impaciencia activa no conviene a nadie seguir provocando. 

Waldemar Prömmel, Jaramillo 2330, Buenos Aires.

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«Kate: Un romance electromecánico», Charles Barnard (EE.UU.,1875).

Se ve seguidamente, una ilustración del cuento corto de Charles Barnard de 1875 «Kate: Un romance electromecánico». En esta escena, Kate y John están instalando una línea de telégrafo privado para sus comunicaciones amorosas,  utilizando cables abandonados.

«Kate desenrollaba el hilo telegráfico, mientras él lo subía en el poste».

La introducción del teléfono, haría su entrada en la sociedad estadounidense (y prontamente a nivel global), recién en la siguiente generación. Pero, mientras tanto, sus vidas estaban entrelazadas por líneas telegráficas.

La historia de este cuento, es una pieza literaria que se parece un poco a un manual técnico ampliado. Barnard comienza con las palabras, «Ella es una belleza». Pero su Ella es una locomotora, y  le canta con entusiasmo: «Una mezcla de gracia y poder, ella se manifestaba con instinto vital, a medida que se detenía en su vuelo sin aliento».

En la parte superior aparece en puntos y rayas, los sonidos del Código Morse para el nombre… K-A-T-E.


Entonces conocemos a Kate. Ella es una operadora de telégrafo en la estación de ferrocarril. Sale todos los días a saludar el encuentro de John, el maquinista de la locomotora. Él la ve, luego vuelve a su puesto de motorman.

«El medidor de vapor tiembla a 120 ° y se eleva rápidamente a 125 °. El enorme motor tiembla y palpita a medida que avanza».

Kate le enseña a John a anunciar su llegada a la estación haciendo sonar con el silbato su nombre en el código Morse: K-A-T-E.

Todos los días, durante un tiempo, escuchará el llamado en Código Morse, para salir corriendo al encuentro del tren, al que se subirá a bordo, en la estación, para reunirse con él.

Pero temen que su secreto sea descubierto. Entonces Kate idea un nuevo medio para que John anuncie su llegada. Inventa un dispositivo de aviso mediante el cual, cuando el tren se aproxime, a cierta altura antes de llegar a la estación, cortocircuite con las ruedas, un lazo de cable tendido en el suelo. Ello, hará sonar una campana en su oficina. Esto implica un considerable brío inventivo: Kate construirá su propia batería usando un frasco de pepinillos. Su sistema funciona.

Entonces, una noche, suena la campana en el momento equivocado. John se dirige a una colisión y él no lo sabe. Kate encuentra una linterna, intercepta el tren y lo salva. Ella y John son los héroes y su historia termina con esta florida frase final: «Las estrellas del invierno brillaban sobre ellos, y la noche fría y calmada parecía un paraíso».

Barnard fue un escritor prolífico, prácticamente olvidado hoy. Le gustaba la tecnología y escribió con atractiva prosa. Reflejó un mundo donde las nuevas tecnologías, representadas por  la velocidad, el poder del vapor y la comunicación contuvieron nuestros corazones.

El pasado se nos abre por un momento cuando Barnard escribe: «¡Qué perfecto es todo! … Desde el acelerador equilibrado hasta el freno de aire … treinta y cinco toneladas de energía encadenada … expresión perfecta del más alto arte mecánico. » ¹
 


Fuente

  • History of Engineering and Technology, mantenido por el IEEE History Center, EE.UU.
  • ¹Kate in Code, Engines of Ingenuity, por John Lienhard,  College of Engineering, Universidad de Houston, EE.UU. Texto traducido y adaptado por LGdS.
  • C. Barnard,  » __ __    __    __      : An Electro-Mechanical Romance». Century Magazine, May, 1875. pp. 37-46. El cuento de Barnard, en inglés,  está accesible en este enlace.
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«Deléitese con una Radiola». Aviso publicitario. (1927).


Fuente:

  • Revista Telegráfica, Buenos Aires, Argentina, marzo de 1927.
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